11
El Agresor Misterioso
Dejar a la señora Cluteworth fuera del caso no iba a ser fácil. Watson se había dado cuenta de ello enseguida, cuando, al día siguiente, la encontró vestida con su ropa habitual para las visitas y les comunicó que iba a ir a hablar con la desdichada señora Allington.
Holmes y Watson habían decidido no contarle a Diane nada que pudiera ponerle en una situación comprometida, aunque Holmes, por su parte, no creía que hubiera ningún peligro en que Diane fuera a visitar "a una vieja amiga", pese a la inquietud de Watson: esa vieja amiga era la viuda de uno de los arqueólogos muerto en extrañas circunstancias.
— Después de todo, tiene relación con su marido, Watson. Tiene derecho a saber lo que está pasando. No te preocupes, no creo que pase nada malo.
La señora Cluteworth había decidido llevarse a Charlie consigo, aunque la pequeña sólo aceptó cuando le aseguró que esta mujer no era "repipi" ni iba a ponerla en ridículo (la señora tuvo que reprimir una carcajada ante esa descripción). Diane les aclaró que, además, levantaría menos sospechas si iba con la niña, pues podía parecer una visita meramente personal. Holmes admiró su perspicacia.
Mientras estudiaban por insistencia de Watson, había ocasiones en que Holmes parecía ido. Esa medicina le quitaría la tos y el dolor de cabeza, pero Watson tenía la sensación de que afianzaba todavía más si cabe su cambiante humor: había ratos en que parecía lleno de energía en los que parecía seguir una pista que luego desechaba, y otros en que parecía que iba a dormirse sobre los libros. Y sólo había transcurrido media mañana.
El siguiente estallido de emoción de su amigo sobresaltó a Watson y le hizo estropear el cálculo que estaba haciendo.
— ¡Watson! ¿Dónde está? —Holmes continuó antes de que el estupefacto muchacho pudiera preguntar: — El cofre, Watson. Dime que lo tienes tú.
Watson supo de inmediato a qué se refería; su amigo había llevado el cofre a la biblioteca para estudiar el símbolo que tenía tallado.
— Holmes, cuando te arrastré fuera, me preocupaba tu vida, no lo que tuvieras en los bolsillos… —dijo Watson, poniendo los ojos en blanco— Si se cayó y se quedó en la biblioteca, se habrá quemado con las llamas. No hay nada que hacer, Holmes —concluyó, aunque no era su intención desanimarle.
Frustrado, Holmes resopló y se metió las manos en los bolsillos.
— Puede que ese cofrecito fuera una advertencia —aventuró, caminando de un lado a otro de la sala—. Me parece demasiada casualidad que lo hayamos encontrado en dos sitios distintos, y ambos escenarios de dos muertes. Necesitamos hablar con los miembros de la expedición que quedan, Watson. Decirles que tengan cuidado si reciben…
En ese momento tocaron a la puerta. Esta se abrió y apareció la pálida cara de Doris, que parecía espantada y se esforzaba por disimularlo.
— Señores… El señor Blackshaw está aquí…
A Holmes le pareció que clamaba al cielo para sí, y cuando se apartó y dejó entrar al arqueólogo, entendió por qué.
Su aspecto era terrible. Tenía moratones en el cuello, un ojo morado y cojeaba ligeramente.
— Señor Blackshaw… —dijo Holmes, alarmado; Watson había palidecido—. ¿Qué le ha pasado? Tome asiento, por favor.
El joven se tomó la libertad de acercarlo hasta el sofá y dejarle sentarse allí; el señor Blackshaw se sentó despacio, apoyándose en el bastón y visiblemente dolorido.
— Ayer me atacaron, señor Holmes… Antes del anochecer, cuando volvía de mi paseo por el parque…
De repente algo pareció activarse en el cerebro de Holmes.
— ¿Era un hombre alto, muy corpulento, vestido casi todo de negro, que llevaba bufanda y un sombrero de ala muy ancha? —soltó de repente.
El señor Blackshaw le miró, entre estupefacto y admirado.
— Señor Holmes, estoy temiéndome que sea usted adivino.
Holmes le contó de inmediato que Watson y él ya habían tenido algún que otro encontronazo con ese agresor desconocido. El señor Blackshaw se levantó, dirigiéndose hacia la foto que Diane tenía en la pared y en donde aparecía toda la expedición.
— He de reconocer que al principio me parecía una locura su teoría, señor Holmes, aunque ahora mucho me temo que estemos en peligro... Pero no he venido para hablar de teorías, ni por la agresión que he sufrido, aunque está claro que tienen alguna relación… He venido porque, justo después de nuestra conversación de ayer, no me hizo falta ir a ver a Thomas: él mismo acudió a mí. Estaba terriblemente nervioso y balbuceaba cosas sin sentido… Entre ellas, no paraba de repetir que Beckler estaba vivo, que estaba vivo e iba a venir a por él. Pero está muerto, Thomas, nosotros lo vimos; le dije... Y cuando escuchó eso, me miró de una forma muy extraña, con los ojos desorbitados por el miedo. Tuve la sensación de que me ocultaba algo. Mandé llamar a mi mayordomo para que nos sirviera algo y hablar con calma, pero cuando me giré, Thomas ya no estaba. Mi buen amigo…
Conmocionado, el señor Blackshaw se detuvo un momento para sentarse. Cuando se vio capaz, prosiguió con su relato.
Ayer, Thomas estaba como loco, aunque es cierto siempre ha sido una persona muy nerviosa e insegura. El bueno de Aubrey le había metido ideas extrañas en la cabeza, desde siempre, desde que estábamos en la India. Pero he llegado a pensar que es posible que tenga razón, señor Holmes, que Beckler siga vivo… El brigadier que estaba al servicio de su Majestad nos echó de allí; nunca llegamos a ver cómo sacaban el cadáver. Y no sería la primera vez. Verá, uno de nuestros guías allá en la India nos dijo en una ocasión que la secta thug que diezmaba a nuestros compatriotas usaba una droga que les hacía entrar en unos extraños éxtasis, para efectuar sus ritos: a veces parecían muertos, pero volvían milagrosamente a la vida horas después.
— Lo sé —interrumpió Holmes un instante—. Lo he leído.
— Cuando Thomas se fue, me puse a pensar… —prosiguió Blackshaw— Dos muertes, tan seguidas, sin contar con la desaparición del pobre Arthur… me parecía demasiada casualidad. Posiblemente esa maldición, esa promesa de venganza que nos habían echado en la expedición, no era solo una superstición, y Beckler se está encargando de ello. Había hecho muchos amigos entre los rufianes, haciéndoles promesas de riqueza y prosperidad, e incluso había corrompido a más de un miembro del gobierno de la India. Así que después de lo de anoche he decidido tomar precauciones, y contar con mi cochero para que me proteja. Seguro que lo ha visto esperándome junto al coche, es bastante fuerte. Los ladrones temen entrar en mi casa —añadió con una sonrisa—. Ya una vez impidió que unos traficantes nos robasen algunas reliquias. Menos mal que anoche hizo huir a mi atacante.
— ¿Y cree usted que fue Beckler?
— No podría asegurárselo, no le vi la cara, ni dijo palabra alguna; sin duda su voz me hubiera dado una pista. Todo pasó muy rápido. Era tal y como usted dijo: llevaba un sombrero muy ancho, y la bufanda le cubría la cara casi por completo. No sabría decirle si era él… Aunque Beckler era muy alto y corpulento… —meneó la cabeza, confuso— Me cuesta creer que siga vivo, señor Holmes, vimos su cuerpo, leímos esa nota de suicidio. Pero después de que le hayan agredido a usted y a su amigo, y luego a mí, y después de hablar con Thomas, de verle tan nervioso… ya no estoy tan seguro.
Pese a lo escabroso del asunto, Holmes parecía satisfecho.
— Parece que las cosas están encajando, aunque de un modo algo extraño. Por cierto, señor Blackshaw, ¿ha recibido algún cofre? Pequeño, tallado a mano, como una especie de joyero. Tiene un símbolo sánscrito en la tapa.
Blackshaw pensó un instante.
— Ahora que lo dice, cuando volví del parque me estaba esperando un paquete en casa. No tenía remitente, me pareció extraño. Estaba agotado, llamé a un médico para que viera mis heridas y me fui a la cama temprano. Tuve una extraña sensación y ordené a mi criado que se librase del paquete.
Holmes parecía fastidiado.
— Entiendo. Supongo que ha hecho lo correcto. Señor Blackshaw, no aleje a su protector de usted. Y ándese con mucho ojo.
— Lo haré, señor Holmes. Sólo permítame una pregunta. ¿Por qué está tan interesado en todo esto?
— Simplemente, tengo la certeza de que nada es lo que parece —hizo una pausa y luego sonrió—. Y además, me encantan los retos.
Una vez que el señor Blackshaw se hubo marchado, Holmes y Watson se dispusieron a llevar a cabo su plan, aunque Watson nunca imaginó que ir a hablar con el doctor Parker, ya de por sí bastante descabellado, iba a ser tan humillante.
...
Holmes propuso que se disfrazaran para pasar desapercibidos. Ya le había funcionado en otras ocasiones, le dijo, aunque no dio detalles. Instantes después de dar la idea y de rebuscar en su baúl, la larga nariz de Holmes sobresalía en medio de un bigote y barba canosos y desarreglados, coronada por unas diminutas gafas. Se había puesto un traje desgastado y pasado de moda. Un bastón y el pequeño polisón de uno de los trajes de Charlie bajo las hombreras ayudaban a dar la ilusión de caminar encorvado. El conjunto en sí era perfecto; cualquiera hubiera dicho que estaba viendo a un anciano muy alto y delgado.
Sin embargo, el traje de Watson no era precisamente brillante: se había puesto uno de sus chalecos encima de una desgastada falda que, por el color y tipo de tela, seguramente era de Agnes o de Doris. Llevaba un bolso de mano colgado de la muñeca y pese a sus suplicantes negativas al final se había puesto la peluca rubia de tirabuzones que le había dado Holmes. Las formas femeninas brillaban por su ausencia.
—Por favor, no me pidas que me ponga un corsé —dijo Watson, visiblemente humillado.
Holmes le miró atentamente y se encogió de hombros.
— Supongo que puede valer. Tampoco es mi intención que se fije en ti.
— Lo que no sé es cómo vamos a darle esto —dijo, sacando con dificultad del bolso el fonendoscopio que se había dejado olvidado.
— Quédatelo. Es médico, seguro que tiene otro.
— Oye, que a ti te guste "tomar prestadas las cosas" no quiere decir que tenga que imitarte…
— Watson, recuerda que ahora no eres tú, que le entregues algo suyo le hará sospechar inmediatamente quiénes somos y se negará a vernos.
Watson se sintió humillado por no haber reparado en ello.
— Claro, ya lo sabía, es solo que… —suspiró con fastidio— Bueno, mejor nos vamos ya, antes de que vuelva la señora Cluteworth de su visita con Charlie y nos haga demasiadas preguntas.
Mientras cruzaban el jardín de la casa del doctor, Watson puso los ojos en blanco.
— ¿Por qué siempre acabamos entrando a escondidas en una casa extraña?
— Esto es una visita, Watson, es muy diferente.
— Ya, claro… Olvidaba que en las visitas normales la gente se disfraza...
— Watson, ya te lo he dicho… no descarto que el doctor Parker acabe llamando a Scotland Yard apenas me vea entrar por esa puerta, por eso los disfraces. Creo que además debería decirle a su mayordomo que me llamo… Sigerson. ¿Qué te parece, me pega? ¿Tengo pinta de noruego? —dijo, pasándose una mano por el pelo.
— Supongo… —dijo Watson, nada convencido y muy hastiado.
Por suerte, la casa del doctor Parker no estaba demasiado lejos, y Watson no tuvo que soportar demasiado tiempo las miradas y comentarios de los transeúntes. Agnes les había dicho dónde vivía el doctor sin oponer resistencia alguna, después de que Holmes le dedicara uno de sus seductores cumplidos a sus pasteles de crema. El joven camuflado de anciano tocó la aldaba y la puerta no tardó en abrirse. Un pulcro mayordomo les miró de arriba abajo.
— ¿Desean algo, señores?
— Muy buenas tardes —dijo Holmes intentando poner voz ronca—. ¿Se encuentra el doctor Parker en casa? No hemos concertado una cita, pero esta mañana me dijo que podía pasarme a esta hora.
El mayordomo miró a Watson. El joven sonrió de la forma más femenina posible, sintiendo que las mejillas le ardían por la vergüenza. El mayordomo apartó la mirada con indolencia.
— El doctor Parker está arriba, en su despacho. ¿Quién le digo que desea verle, señor…?
— El señor Sigerson, por favor. Somos el señor Sigerson y su hermana.
El mayordomo les miró de arriba abajo de nuevo, extrañado, sobre todo con Watson. El joven empezó realmente a dudar que su disfraz fuera creíble.
— Muy bien… Pasen si lo desean, señor Sigerson, el doctor les recibirá enseguida.
Cuando cerró la puerta tras ellos, dedicó una última mirada de desconfianza a Watson y desapareció escaleras arriba.
— Holmes, creo que no se fía de nosotros. Sobre todo de mi ridículo disfraz.
— No importa, Watson. El que debe fiarse es el doctor.
Holmes aprovechó para echar un vistazo por la sala donde se encontraban mientras el mayordomo subía a avisar al médico. Apenas tuvo tiempo de fijarse en una foto de grupo, porque oyeron un grito desgarrador que provenía del piso de arriba. Holmes fue el primero en llegar al despacho del doctor. Cuando Watson le alcanzó, encontró al mayordomo sentado en el suelo, con los ojos abiertos de puro terror y boqueando como un pez. Holmes estaba de pie a su lado, y parecía haberse quedado sin aliento.
Un penetrante olor llenaba la estancia. Irritado, el joven pensó que Holmes había vuelto a beber de la botellita de medicina, hasta que se dio cuenta de que venía del suelo. Había una botella idéntica, volcada. Un mal presentimiento se apoderó de él.
— Me temo que al final vas a tener que quedarte ese fonendocomosellame, Watson… —dijo Holmes con un hilo de voz; su mirada estaba clavada en algo que había en el suelo.
Cuando se apartó, Watson se dio cuenta de a qué había venido el grito del mayordomo y la mirada de horror de Holmes. Era el doctor Parker. Estaba tumbado en el suelo y temblaba. Un hilillo de sangre le corría por la nariz y la comisura de los labios; sus ojos estaban fijos en el vació, sin vida.
Watson emitió un gemido ahogado.
— Holmes… Ay, ay, Holmes… Está muerto… Está…
— Eso ya lo veo, Watson…
— ¡Doctor Parker…! ¡Señor…! —gimoteaba el mayordomo.
Fue Holmes el único que se atrevió a acercarse al cuerpo inmóvil de Parker, levantándolo levemente del suelo. Aterrorizado, el mayordomo salió del cuarto; posiblemente a la calle para avisar a la policía, pensó Watson. No sabía si eso era bueno o malo.
De pronto, un gemido ahogado salió de la garganta del doctor. Todavía estaba vivo, aunque ambos supieron que no por mucho tiempo; la sangre ahora le salía a borbotones de la nariz y parecía que apenas podía respirar.
— Doctor Parker, soy yo, Holmes —dijo el joven, quitándose la barba y las gafas, hasta que fue perfectamente reconocible— ¿Qué intenta decir? Por favor.
El doctor se esforzó por decir algo, sin apartar su vacía mirada de su amigo; a Watson le pareció ver un extraño brillo de alivio y agradecimiento en sus ojos y se preguntó si Holmes también lo había percibido.
— El reloj… —dijo con la voz estrangulada— El reloj, señor Holmes… El reloj…
— ¿Qué dice? Está delirando… —dijo Watson— Holmes, esto no me gusta… La medicina… Creo que se ha…
Entonces Watson reparó en que ya no se oía nada. Fue la voz de Holmes la que rompió el silencio.
— Ya está. Ha muerto.
Antes de que Holmes pudiera echar un vistazo al despacho, escucharon unas voces; alguien venía. Al asomarse al pasillo, encontraron al mayordomo entrando a la casa con dos agentes, todavía pálido como la cera; los dos jóvenes se detuvieron a mitad de la escalera al verles entrar. Antes de que ninguno pudiese decir nada, el inspector Lestrade entró con más hombres. Watson se preguntó por qué no dio un grito al verlos… era como si ya supiera que estaban allí; hasta vio un brillo de triunfo en sus diminutos ojos.
—Id registrando la habitación —ordenó a sus hombres—. Yo iré enseguida, en cuanto me ocupe de estos dos entrometidos.
El orondo inspector esperó a que bajaran y se plantó delante de los dos, frunciendo el ceño.
— ¿Disfrazados, Holmes? Muy inteligente. Pero cuando el mayordomo te describió, supe inmediatamente que eras tú. Un anciano muy flaco… acompañado por un muchacho rollizo con gafas y chaleco desgastado que llevaba una peluca rubia. No podíais ser otros.
— ¡Eh! —dijo Watson, herido. Acabó por quitarse la peluca y tirarla al suelo.
Un agente llegó del piso de arriba en ese mismo instante.
— Está muerto, señor, como dijo el mayordomo —dijo; oyeron el lamento del hombre, que estaba custodiado por otro agente—. No hemos encontrado nada, señor, pero todo apunta a que se ha suicidado. Hay una botella de láudano volcada a su lado.
— Habíamos venido a hablar con él —intervino Holmes— Oímos gritar al mayordomo, y cuando llegamos lo encontramos así. Aún estaba vivo… pero no nos dijo nada —mintió—. Señor Lestrade, todo esto tiene una relación. Tiene que creerme. El doctor Parker sabía algo que no quería contarle a nadie, algo que tiene que ver con las demás muertes.
Lestrade levantó una ceja.
— No apruebo tus investigaciones clandestinas, Holmes, ni tus allanamientos de morada. Pero algo me dice, pese a tus fantasías de niño detective, que sabes más de la cuenta de todo esto. Ya pasó la última vez. Por eso le harías un enorme favor a esta ciudad si me cuentas lo que has averiguado.
— Estaré encantado de ayudar a nuestro querido cuerpo de policía, señor Lestrade —dijo Holmes con una sonrisa pícara—. Pero antes, dígame una cosa: ¿va a volver a adjudicarse usted el mérito?
Lestrade enrojeció; Holmes no supo que si de rabia o de vergüenza, aunque apuntaba a lo segundo.
— Bastante tienes con que confíe en ti, joven insolente…
Hizo un gesto con la cabeza y uno de sus hombres le empujó hacia la salida. Holmes no opuso resistencia alguna, hasta que al llegar a la puerta se giró de repente; era tan alto que consiguió soltarse por un momento.
— ¡Señor Lestrade, espere! El cofre… Tiene que haber alguno por aquí… Por favor, si lo encuentran…
Exasperado, Lestrade miró al agente que había revisado el despacho, quien negó con la cabeza.
— No, Holmes, no hemos encontrado ningún cofre. Lárgate a casa. Bueno, a casa de la pobre señora Cluteworth, o a donde sea, pero desaparece de mi vista. Tengo que interrogar al mayordomo.
Lo último que vio Watson antes de salir a la fría noche fue a uno de los agentes ayudando al mayordomo, que ni parecía saber dónde se encontraba, sentarse en una butaca.
...
Ya estaba anocheciendo cuando emprendieron el regreso, y Watson dijo que tenía hambre; Holmes también tenía el estómago vacío, pues no habían probado bocado desde el desayuno. Compraron algo en un puesto ambulante y comieron por el camino, en silencio. Watson se extrañó de que Holmes no hubiera protestado ni intentado ayudar a Lestrade a su manera, pero por otro lado, imaginó cómo debía sentirse su amigo. Supo que estaba confuso, sin saber qué hacer a continuación: la posible respuesta había muerto con el doctor. Había seguido una pista clara para acabar con las manos vacías. Y conociendo a Holmes, no había nada más frustrante. Estaba pensando qué decirle cuando tropezó con la falda del disfraz; oyó la tela al desgarrarse.
— No entiendo cómo las mujeres pueden caminar con esto… —dijo con fastidio, quitándose la falda a trompicones y llevándola como un bulto. Por suerte había sido tan precavido como para dejarse los pantalones debajo, ni rastro de la aparatosa ropa interior femenina— Tengo un mínimo de recato y decencia, ¿sabes? —aclaró, ante la inquisitiva mirada de Holmes.
Holmes no estaba de humor para discutir acerca de moda o de lo considerado decente. Su cabeza era un caos. Estaba totalmente perdido en un laberinto de misterios que no tenía salida. ¿Qué había querido decir con "el reloj"? ¿Era un simple delirio, como dijo Watson, provocado por la droga que había acabado matándole? El único reloj que conocía era el que le había dejado el señor Cluteworth a su esposa, antes de desaparecer, un simple recuerdo, una forma de decirle que no se rindiera, que no estaba muerto… Creía que tendría algún tipo de relación, pero su cabeza no conseguía encontrar ninguna…
Fue entonces cuando se percató de que les estaban siguiendo.
En la acera, al otro lado de la calzada, vio a un hombre enormemente alto y corpulento. Vestía ropas oscuras y llevaba un sombrero de copa. No sabía si era debido a la oscuridad de la noche, o a la sombra del ala del sombrero que le caía sobre la cara, pero le pareció que lo ocultaba algún tipo de máscara. Cuando se concentró más, se dio cuenta de que efectivamente era el ala del sombrero, y además tenía un enorme pañuelo que le tapaba hasta la nariz. Si bien no era una máscara, funcionaba casi tan bien como una. Era tal y como lo había descrito el señor Blackshaw.
¿Era el mismo individuo? La misma anchura de hombros, el mentón fuerte y hosco. Pero no estaba completamente seguro de que fueran la misma persona, vestido como estaba, y además, entre aquella espesa niebla y a la débil luz de las farolas. Pero nada pudo apagar la sensación de desconfianza que se había apoderado de él.
Aceleró el paso.
El hombre también.
Holmes empezaba a ponerse nervioso; la fría sensación de inquietud que le cosquilleaba en el estómago aumentó. Caminó aún más deprisa, hundiendo las manos en los bolsillos del pantalón. Para su infortunio, también el hombre hizo lo mismo. Holmes se detuvo. También el hombre.
— Holmes, ¿por qué demonios te estás parando? Estás caminando de una forma muy rara…—preguntó Watson, irritado. Holmes se percató de que su amigo, inmerso en sus murmuraciones, no se había dado cuenta de nada.
El joven alzó la cabeza, y sus miradas se encontraron. Watson le imitó, pero antes de que lograse ver nada, un coche pasó justo en medio del extraño y los dos muchachos, haciéndoles perder al misterioso hombre de vista por un instante.
— Watson… Corre.
— ¿Qué? ¿Qué pasa, Holmes? ¿Quién…?
—Tú hazme caso. Sólo corre. ¡AHORA!
Y entonces echaron a correr.
El violento eco de sus pisadas se confundían con las de su perseguidor, sorprendentemente ruidosas y fuertes. Esquivaron un coche de caballos, oyendo de lejos los improperios que le lanzaba el cochero, quien, furioso, se había detenido para intentar calmar a los animales. Holmes y Watson aprovecharon la confusión para desaparecer tras una esquina, sin parar de correr. Holmes saltó una valla con la agilidad de un atleta, sin trastabillar al tocar de nuevo el suelo, y alcanzó un callejón oscuro, escondido entre una niebla tan densa que era casi imposible distinguir nada de lo que allí hubiera. Dio unos pasos vacilantes, recorriéndolo despacio, buscando otra salida. Su respiración, entrecortada por la carrera, se condensaba en el aire húmedo; sólo oía su murmullo y el ruido de sus propios pasos. Estaban solos en la noche. Fuera quien fuera ese hombre, ya no les perseguía…
Pero tampoco estaba Watson. Holmes sintió que el terror le atenazaba y volvió sobre sus propios pasos.
Watson se había tropezado y caído de espaldas al tratar de saltar la valla y no podía moverse. El terror y sobre todo un tremendo dolor le obligaban a permanecer muy quieto, completamente inofensivo en el suelo. Intentó darse la vuelta y el dolor no hizo sino aumentar; apenas podía respirar. Sus gafas yacían a su lado. Se sintió estúpido por pensar en un momento así que ojalá no estuvieran rotas, que su padre le iba a echar una buena bronca porque no eran precisamente baratas... Entre brumas vio dos enormes pies, calzados con gruesos y elegantes botines negros.
El desconocido se acercó a su rostro y le levantó levemente la barbilla con la mano.
― Malditos entrometidos…
Rió maliciosamente; Watson intuyó el brillo de un cuchillo, cerca de sus ojos…
De repente alguien saltó por encima de la valla y derribó al asesino, una silueta larga y delgada. Tenía que ser Holmes. Watson intentó incorporarse; los dos estaban luchando, pero por desgracia Holmes no iba ganando: en la oscuridad vislumbró un destello de acero, frío y fugaz. El desconocido sostenía un cuchillo, largo y fino, contra el cuello de su amigo. Luego ya no vio nada más.
Por el rabillo del ojo, Holmes vio como la cabeza de su amigo caía, inerte; finalmente se había desmayado. Era lo mejor: así el agresor le dejaría en paz.
― No se mueva... Será muy rápido... ―le susurró una voz que le heló la sangre en las venas; sintió el filo del cuchillo deslizarse por su cuello, lentamente― Esto le pasa por jugar a detectives, señor Holmes... Por inmiscuirse en donde no le llaman...
El joven no se movía, ni respiraba siquiera; sólo notaba los desbocados latidos de su corazón. Cerró los ojos e intentó calmarse. Tenía que estar tranquilo para pensar qué hacer. Entonces notó que, por un segundo, el cuchillo se alejaba de su garganta. Con mucha sangre fría y aprovechando el breve descuido de su agresor, le asestó un fuerte codazo en el estómago. Sorprendido y dolorido por el golpe, el hombre le soltó un instante que Holmes aprovechó para quitarle el cuchillo y arrojarlo lejos. De poco sirvió a Holmes esta artimaña; en el mismo instante en que intentaba huir, el hombre le impedía escapar agarrándole de la pernera del pantalón, tirándole al suelo con él. Rodaron hasta que el agresor se puso encima de él, inmovilizándole los brazos. Holmes se debatía, intentando liberarse, y en pleno forcejeo, le propinó un fortísimo puñetazo en la nariz a su atacante. El hombre se echó hacia atrás, aullando de dolor. Holmes se levantó y quedó paralizado, viendo como se agarraba la nariz y la sangre que le caía abundante por la barbilla. Como si cada oleada de dolor aumentara su furia, lanzó al muchacho contra la pared, respirando ruidosamente por su nariz rota, y le echó las manos ensangrentadas al cuello. Holmes ahogó un grito que era mitad sorpresa y mitad dolor. Notó que le alzaba del suelo, tanto que ya podía agitar las piernas en el aire. Las manos se le crispaban alrededor de las de aquel hombre, luchando por liberarse de ellas. Con un último esfuerzo, le asestó un fuerte rodillazo en el estómago, en pleno plexo solar; el hombre contuvo un grito de dolor y le soltó, cayendo aturdido al suelo. Holmes cayó de rodillas, respirando con dificultad. Vio un resplandor a su lado; era el cuchillo. Alargó la mano para cogerlo en el mismo momento en que el hombre se abalanzaba sobre él, y sin pensar en lo que hacía, se lo clavó en el muslo. El desconocido, gritando de dolor y furia, se arrancó el afilado cuchillo de un tirón, manando la sangre a borbotones, y se alejó de allí, cojeando, dejando un reguero oscuro en la calzada.
Sin pararse a intentar recobrar el aliento, pese a estar a punto de hundirse en una niebla densa y oscura, Holmes se incorporó tambaleándose y se dirigió hacia Watson.
― ¡Watson! ¡Dios mío, Watson! ¿Estás bien?
El muchacho se incorporó ayudado por Holmes. Jadeaba ligeramente y no parecía capaz de hablar. Cogió sus gafas del suelo y se las puso de forma automática. El cristal izquierdo estaba roto. Aturdido, se las quitó para mirarlas, y como si eso le hiciera despertar, levantó sus asustados ojos hacia Holmes. Holmes gimió.
― Watson, creo que nos hemos metido en una buena.
De nuevo echaron a correr con una única fijación: alejarse de aquel desconocido, sin importarle quien fuera, imponiéndose por una vez sus vidas.
...
La campanilla de la casa de los Cluteworth sonaba con violencia. Doris, agarrándose las faldas, se apresuró en llegar a la puerta y abrir.
― Voy, ya voy...
Lo primero que pensó la buena de Doris al verle fue que le estaba dando un ataque, o esa fue la impresión que le dio en la penumbra: el joven Holmes estaba apoyado en el marco de la puerta, respirando trabajosamente y con los ojos fuertemente cerrados en un gesto de enorme agotamiento. En el rostro de la doncella se dibujó una expresión de espanto.
― ¡Señorito Holmes! ¡Dios mío!
El joven se apartó de la puerta. Estaba pálido y sudoroso; su ropa estaba manchada de sangre y sus cabellos estaban revueltos. Dio unos pasos tambaleantes, agarrándose a la pared y debatiéndose entre tomar aire y decir algo a la vez. A Doris se le escapó un grito de horror, entrecortado y penetrante.
La señora Cluteworth llegó corriendo al recibidor, alarmada por el escándalo. Llevaba puesta la bata, y su largo pelo recogido en una cola de caballo que le caía por el hombro.
― ¡Doris! ¿Qué...? ―comenzó a decir― ¡Cielo santo! ¿Señor Holmes?
Entre las dos le ayudaron a ir hacia el sofá. La señora Cluteworth mandó a Doris a traer una infusión bien fuerte para despejarle. No había dado un paso hacia la cocina cuando apareció Watson, en las mismas condiciones que Holmes y pálido como una vela. La mujer le ayudó a sentarse al lado de su amigo.
― Por favor, señores, decidme qué ha pasado.
Watson no dijo nada, pero Holmes la miró; los labios le temblaban, pero en sus ojos había más arrebato que temor.
― Señora Cluteworth... ―dijo ― Alguien ha intentado matarnos.
A Doris, que volvía en ese momento con la tisana, casi se le cae la taza al suelo del sobresalto.
Tras la impresión inicial, el joven lo contó todo, incluyendo el desafortunado suicidio del doctor Parker; cada dos por tres era interrumpido por las exclamaciones espantadas de Doris. De cuando en cuando, descansaba para tomar un sorbo de la reconfortante infusión. Watson apenas había tocado la suya. Durante todo ese tiempo, la señora Cluteworth permaneció silenciosa; solo su palidez hacía notar su horror ante lo que el joven le contaba.
― Señora Cluteworth... Le dije que llegaría hasta el final, y eso voy a hacer. Hay algo que se me escapa, y todavía no… todavía no logro saber qué es, pero lo haré.
El chico le cogió la mano. Ella no replicó, pero parecía a punto de llorar.
― Señor Holmes, ese desconocido ya ha intentado hacerle daño varias veces…
―Por suerte todavía no sabe donde estamos, nunca nos ha seguido hasta casa. Siempre me las he arreglado para llegar hasta aquí dando un rodeo y darle pistas falsas.
― Pero señora... ―interrumpió de repente Doris― ¿No deberíamos denunciar todo esto a la policía?
― Ya lo saben, Doris, y dudo que puedan hacer gran cosa ―dijo el joven Holmes airado, dejando la taza en la mesa y levantándose del sofá―. El mayordomo les llamó y lo único que hicieron fue certificar su suicidio ―se giró, pura energía, hacia Diane―. Su marido, señora Cluteworth... Estoy seguro de que sigue vivo, y de que todo esto guarda relación con él. Quizá le tienen cautivo en alguna parte y no quieren que lo sepamos. La policía está más que convencida y dice tener pruebas suficientes de que ha muerto; en ese caso, para los que hallemos culpables, será muy fácil negarlo todo. ¿Mi muerte? Un misterio, otro de los muchos que hay sin resolver en esta ciudad. Un ajuste de cuentas, una travesura juvenil... Esos casos no son raros. Esa gente a quien nos enfrentamos se las arreglará para que lo parezca. Seguramente Lestrade se encogerá de hombros y dirá que me lo he buscado yo solo, por jugar a detectives…
Se sentó, visiblemente agotado; el repentino arranque de energía le había mareado de nuevo.
― Deberían irse a descansar. Es muy tarde y ha sido un día demasiado intenso, señorito Holmes... ―le dijo la señora Cluteworth.
¿Descansar? ¿Acaso había logrado hacerlo alguna vez en todo el verano? Suspiró pesadamente.
― Sí, será lo mejor... Pero antes, señora Cluteworth, dígame, ¿qué averiguó hoy en su visita?
Para decepción de Holmes, la joven insistió en que fuera a descansar y le dijo que se lo contaría todo al día siguiente, aunque aclaró que no era nada que no supieran ya.
Se levantaron del sofá, ayudados por las dos mujeres. Se vieron capaces de subir ellos solos las escaleras, por lo que Doris se quedó al pie de las mismas, sin borrar de su rostro la expresión de preocupación que había mantenido toda la noche. Su mirada se fijó en su señora, que permanecía muy callada a su lado.
― Señora Cluteworth…
―Arthur está vivo, Doris, todo el mundo ha intentado convencerme de lo contrario, incluida tú… ―sonrojada, la criada fue a protestar, pero Diane se lo impidió con dulzura― … y sé que lo haces porque te preocupas por mí y no quieres verme sufrir… No sé por qué, Doris, pero confío en ese joven. Sus ojos no me engañan, igual que no me engañaron los de Arthur cuando me dio su reloj: sus ojos me dijeron que no perdiera la esperanza.
La criada suspiró pesadamente. Sólo sonrió, enternecida, cuando la señora Cluteworth le dio un abrazo.
Watson se encerró en su cuarto sin mediar palabra, pero Holmes no tenía ni la más mínima intención de dormir. Tocar el violín a esas horas no era muy justo para los demás habitantes de la casa, así que se entretuvo en un experimento sencillo y no demasiado oloroso. Demasiadas preguntas, demasiadas cosas se agolpaban en su mente a la vez, intentando darle mil y una ideas. No había nada que hacer cuando le ocurría eso, solo podía entretenerse, pensar en otra cosa…. Y con todo ordenado y calmado en su mente, la respuesta acabaría llegando, tarde o temprano. Solo necesitaba concentrarse.
El experimento, más que ayudarle, le estaba entreteniendo demasiado. Metió la mano en el bolsillo de la bata y sacó una botellita. El pequeño sorbo de la medicina que había dado el fallecido doctor Parker le reconfortó más de lo que pensaba…
Entonces sus ojos vieron moverse algo allá abajo, en el jardín. Un hombre fornido, vestido de negro, con un alto sombrero de copa y una sombra oscura cubriendo su cara. Se movía torpemente, como si tuviera la pierna izquierda herida; tropezó y cayó justo sobre las flores.
El corazón le dio un vuelco. Sin ningún decoro y pese a estar vestido con la ropa de dormir, salió disparado de la habitación. Bajando las escaleras y atravesando con premura los enormes pasillos hasta llegar a la biblioteca, salió al jardín por la terraza trasera.
El silencio era sepulcral y la oscuridad absoluta. La brisa de la noche le provocó un escalofrío. Cogió un rastrillo que estaba inofensivamente apoyado contra el muro del invernadero, y muy despacio, pegado a la pared de la casa, avanzó hacia el otro lado del jardín, en donde había visto al extraño. Sus pies descalzos apenas eran un susurro en la hierba. La notaba húmeda y punzante bajo sus pies, pero al mismo tiempo era como si no la tocara. Como si flotara sobre ella. Todos sus sentidos estaban alerta, y se vio liberado de la extraña angustia que a veces le impedía pensar. Las sombras continuamente engañaban sus sentidos, hipersensibles, quizá por culpa de la medicina. Pero ninguna de ellas se correspondía con el extraño.
Con un gesto de fastidio, el joven se detuvo, jadeante, tirando al suelo el rastrillo.
Afortunadamente, nadie se había despertado, ni siquiera el servicio. Viéndose incapaz de dormir y presa de una extraña y excitante inquietud con la que se veía capaz de todo, no subió a su habitación, sino que encendió una pequeña lámpara y se dirigió al comedor de los sirvientes. Desde allí, podría vigilar el jardín con más atención.
¿Quién sería? ¿Quién sería ese tipo? ¿Era el mismo de los muelles, el que le había intentado asesinar en la biblioteca y en la calle? ¿Era Beckler? ¿Acaso todo aquello guardaba una terrible relación? ¿Qué se le estaba escapando?
...
Cuando despertó, ya hacía rato que la habitación estaba iluminada por el sol. Le dolía horrores la espalda; se había quedado dormido sentado al escritorio. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Tenía la cara manchada de algún químico en el que había estado trabajando. Por suerte nada de lo que había estado usando la noche anterior era tóxico. Tras unos segundos, consiguió ponerse en pie y se dirigió al espejo para lavarse la cara.
En ese momento tocaron a la puerta; sobresaltado por los golpes, sintiendo como si se le metieran directamente en la cabeza, se apresuró a abrir. Era Watson.
― ¿No te levantas? Hace tiempo que el desayuno está servido. Ya es muy tarde.
Holmes parpadeó, molesto por la luz y con expresión de estar ordenando mil cosas en su cabeza. De repente agarró a su amigo por los brazos, como quien recuerda algo de repente.
― Watson, anoche alguien intentó entrar a la casa.
―¿Qué?
― Lo que has oído. Era él, cojeaba de la pierna donde le clavé el cuchillo, no podía caminar bien y estropeó las flores al caerse encima. Parecía más grande que nunca. Le vi desde la ventana y bajé tras él, blandiendo el rastrillo para defenderme de un ataque, pero logró escapar. No vi por donde se fue. Hasta que amaneció estuve vigilando el jardín desde el comedor de los sirvientes, pero no volvió. Luego… ¿volví hacia aquí? ―su voz se volvió inexpresiva de repente― Yo estaba montando guardia en el comedor de los sirvientes… Tenía una lamparita…
Watson vio que la mirada de su amigo era extraña, somnolienta.
― ¿Estás seguro de que no lo has soñado?
― Watson, por el amor de Dios… ―dijo Holmes, visiblemente irritado― No me estoy volviendo loco. Sé lo que vi.
― Eso espero… Pero sé que has vuelto a abusar de esa maldita medicina ―dijo, metiendo la mano en el bolsillo de su bata (Holmes se limitaba a mirarlo estupefacto), sacando la botella y blandiéndola ante sus ojos, como una madre enfadada―. ¡Holmes! ¡El doctor Parker murió por…!
― Watson, ya lo sé… ―exclamó, exasperado― Cómo se nota que vas a ser médico... Escucha, yo no voy a cometer una estupidez así, sé muy bien lo que hago… Sé lo que vi, aunque apenas recuerdo los detalles… Es una sensación extraña, como si hubiera ocurrido hace siglos… o no hubiera ocurrido… pero sé lo que vi.
Irritado y convencido de que lo había soñado, Watson volvió a meterle la botellita en el bolsillo de la bata, dándole luego un golpecito con cada palabra:
― Lo-que-tú-digas. Vamos a comer o se enfriará el té, creo te hace falta una buena taza.
Una vez que Holmes se vistió, todavía entre protestas, se dispusieron a bajar. Ya desde la escalera oyeron voces; era Doris, y para no variar, parecía enfadada. Desde la entrada vieron a Charlie sentada a la mesa, cruzada de brazos y muy enfurruñada. Doris le estaba recriminando algo. Muy tranquila, la señora Cluteworth se estaba terminando su taza de té mientras leía el periódico.
― Como lo oye, señora Cluteworth. Esa maldita diablilla ha estropeado las flores del jardín con sus tontos juegos. ¡Están todas pisoteadas! Y encima ha sacado el rastrillo del cobertizo, no sé qué pretendía hacer con él…
― ¡Que yo no he sido!
― ¡No seas impertinente, pequeña!
La señora Cluteworth apartó el periódico, doblándolo con cuidado.
― Doris, si Charlie dice que ella no ha sido, debemos creerla ―dijo la conciliadora voz de la mujer.
― Tiene que venir a verlo, señora. Es un desastre. Debería decirle a Brooks que le eche un vistazo, a ver qué puede hacer.
Las tres salieron del comedor, todavía hablando, seguidas por la niña, que insistía en su inocencia a gritos.
Holmes miró a Watson; su amigo estaba blanco como la pared. De repente, ninguno de los dos tenía hambre.
― Holmes… Si ese individuo se entera de que ella sabe qué está pasando, querrá quitarla de en medio…
― Lo sé, Watson.
No dijo nada más, pero su silencio le hizo saber a Watson que estaba tan preocupado como él.
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