Los jardines eran realmente hermosos. Rose se percató de ello ahora que podía contemplarlos con tranquilidad, sin estar rodeada por los hombres del Emperador que los escoltaban al palacio. Había una preciosa fuente, esculturas hechas con setos más altos que ella, y flores de todos los tamaños y colores. Tenían tiempo de dar un buen paseo en lo que preparaban el banquete, y de paso, si podían averiguar algo sobre todo aquel misterio de las jóvenes desaparecidas, el día sería completo.
Los dos caminaban despacio, aferrados al brazo del otro. De reojo, Rose miró de arriba abajo a su compañero y frunció el ceño, divertida.
— No es justo.
— ¿Qué cosa?
— Que tú nunca sigas la moda del siglo al que vamos.
— ¿Cómo que no? Cuando fuimos a 1953 me peiné hacia atrás…
— Oh claro, menudo cambio… —dijo ella rebosante de ironía.
— ¡Hey! Yo no tengo la culpa de que a las humanas os hayan obligado a vestiros durante siglos como si os estuviera prohibido enseñar la piel…
Ella rió.
— Al menos, no me negarás que es bonito... —masculló el Doctor mirando a otro lado.
— ¿Qué?
— Quiero decir que… —carraspeó, mirándola con una mezcla de solemnidad y cierto apuro— Estás muy guapa… para ser humana, claro.
Rose le pegó un manotazo cariñoso en el brazo.
— Qué tonto eres…
Él sonrió y ella se colgó cariñosamente de su brazo. Siguieron caminando en silencio un rato, así cogidos.
— ¿Crees que la veremos en la comida? —preguntó Rose de repente.
— ¿A quién?
— A la Emperatriz, por supuesto —la chica soltó una risita, emocionada—. Mamá no va a creérselo… La mismísima Sissi. Es una de sus películas favoritas. Siempre dice que probablemente fue la persona más sofisticada que ha pisado la Tierra.
El Doctor resopló.
— Bueno… no siempre te puedes fiar de lo que dicen las películas… Excepto las pelis de extraterrestres, claro, esas suelen estar basadas en hechos reales… El caso es que la Duquesa Elisabeth Amalie Eugenia, ahora la Emperatriz Elisabeth de Bavaria, siempre fue una persona peculiar y complicada.
— ¿Quieres decir que igual desde que nos vea nos tirará algo a la cabeza?
— No creo, eso sería más propio de Jorge IV…
Rose rió. El Doctor continuó después de una pausa.
— Nunca tuvo una vida fácil. Hace apenas unos meses que perdió a su primera hija, apenas un bebé. A su segunda hija apenas la ve, porque la está criando su suegra. Dentro de 32 años, el único hijo varón que tendrá aparecerá muerto junto a su esposa.
— Caramba, se me están quitando las ganas de asistir al almuerzo… —dijo Rose con un hilo de voz, concluyendo con una risita que dejaba clara su incomodidad.
— Lo siento… —dijo el Doctor, con un gesto que denotaba que había hablado demasiado. Carraspeó— Al menos montaba muy bien a caballo. No creo que haya mejor amazona en todo el Imperio… ¿No sabías ya todo eso por las películas que ha visto tu madre, de todos modos?
— Sí, pero una cosa son las películas y otra es verlo en la vida real…
— Touché.
— Eso demuestra que tener un imperio y mucho poder no significa que vayas a ser feliz —sentenció Rose con voz triste.
El Doctor asintió.
— El Emperador parece muy joven… — continuó ella tras una pausa.
—Estamos en 1857, así que solo tiene 27 años. Este imperio apenas acaba de nacer. Aun le quedan algunos años para ser ese hombre de bigote hortera que recuerdas de los lienzos... Por cierto, ahora mismo la Emperatriz tiene tu misma edad.
— ¿En serio?
El Doctor volvió a asentir con ímpetu, divertido.
Su animada conversación se vio interrumpida de repente cuando algunos de los hombres del Emperador salieron a su paso, aunque esta vez a pie. Stonenberg encabezaba la comitiva, seguido por el joven tímido del pelo lacio y pelirrojo y dos más que no conocían.
— Buenas tardes, Doctor Smith. Dama Rose… Espero que esté todo a su gusto.
Los dos asintieron con una sonrisa.
— ¿Disfrutando de un agradable paseo por los jardines de su Excelencia?
— Sólo en parte —dijo el Doctor haciéndose el interesante—. Recuerde que tenemos una investigación en marcha… ¿La guardia no ha visto nada extraño?
— Nada, Doctor Smith. Todo sigue como siempre. Por cierto, espero que sigan aquí mañana por la noche. Sus Excelencias van a organizar un baile. Será un placer contar con su presencia.
— Con su permiso, señor Stonenberg, yo espero que no acudamos—dijo Rose.
— ¿Perdonadme?
— Bueno, si no seguimos aquí mañana por la noche, querrá decir que el Doctor Smith ha resuelto el misterio de las jóvenes —explicó, mirando al Doctor con ojos traviesos.
El Doctor se contuvo para no esbozar una de sus enormes sonrisas, admirado por su ocurrencia. Stonenberg, confuso y encandilado a la vez, sonrió de medio lado.
— Sois una joven muy peculiar, Dama Rose… —se agachó ligeramente; de forma automática, ella le dio la mano para que se la besara, por ser cortés— Será un placer invitaros a bailar… si estáis aquí para entonces, claro…
El guardia le besó la mano, mirándola a los ojos. Rose se sintió expuesta; casi como si estuvieran analizándola, mirando a través de ella. Sintió un escalofrío. Apartó la mirada, incómoda; el desagradable hormigueo que sintió en su mano no la abandonó hasta pasado un buen rato después de soltársela. Ya era lo que le faltaba: un estirado miembro de la guardia personal del Emperador, encaprichado de ella.
— Espero que también asistáis al banquete que van a organizar sus Excelencias dentro de un par de horas —les dijo, mirándoles con una gran sonrisa.
— Allí estaremos —dijo el Doctor, sin apartar la mirada de él.
Stonenberg asintió, satisfecho.
— Que disfruten de su paseo —se despidió, con un afectuoso saludo.
Una vez se hubo marchado y alejado lo suficiente, Rose se acercó al Doctor para hablarle con disimulo.
— Caramba… ¿has visto cómo me miraba Stonenberg?
— Sí, lo he visto… Creo que le gustas —respondió el Doctor; primero rió con burla, pero luego, una extraña sensación de hostilidad le cosquilleó en el estómago. Cuando lo identificó como celos, torció la boca en un gesto de irritación e incredulidad.
— Cielos, entonces será mejor que me ande con ojo, sólo le ha faltado babearme la mano con guante y todo… —concluyó la chica, ahora medio en broma. Por suerte para el Doctor, o quizá por desgracia, Rose no entendió su gesto de desagrado.
— ¡Hey! —le dio un golpe en el brazo con el puño— ¿Tanto te cuesta creerlo? Después de todo, me dijiste que estoy muy guapa.
— Ya, pero… no es eso… No importa.
Ella rió; estaba adorable cuando lo dejaba sin saber qué decir.
— Vayamos al linde del bosque, donde han aparecido todas las jóvenes —propuso el Doctor.
Tras situarse un momento en dónde estaban, se desviaron ligeramente, dirigiéndose a la entrada del bosque.
— ¿Crees que pueden ser vampiros? —preguntó Rose medio bromeando.
— ¿Por esta zona? No creo.
Rose se quedó estupefacta; no se esperaba esa respuesta, como si fuera verdad que existían los vampiros.
De repente, los agudos ojos del Doctor vieron algo sospechoso, junto a la fuente. Se soltó de Rose y fue hacia allí, seguido a muy corta distancia por su extrañada compañera.
Sentada junto a la fuente, había una joven, una de las doncellas del servicio. Tenía el rostro perlado en sudor y parecía mareada.
— ¿Estás bien? —le preguntó Rose, sentándose junto a ella.
— Sí, señorita, no se preocupe… Sólo estoy muy cansada. Debe ser este calor —respondió con una tímida sonrisa.
El Doctor la miraba atentamente, en pie delante de las dos, con las manos en los bolsillos del traje.
— Tú debes de ser una de las jóvenes que ha aparecido en el linde del bosque. Desorientada, agotada sin motivo alguno, y sin recordar nada.
Ella le miró, confusa.
— Espero que no te importe que te haga unas preguntas —dijo él; Rose se percató de que estaba poniendo su mejor cara de “confía en mi”.
— Con su permiso, señor… —dijo la doncella, azorada—. El doctor Wiedeman y el señor Stonenberg de la guardia ya han hablado conmigo, y con algunas de mis compañeras. Ya les dije lo que me pasaba.
El Doctor sonrió, no sin algo de arrogancia; le guiñó un ojo.
— Ya, pero ellos no son yo.
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Las hojas crujían bajo sus botas mientras caminaba.
Se adentraba en el bosque, dispuesto, como si se conociera el camino de forma instintiva. No vaciló ni un momento mientras atravesaba la maleza. El pelo, lacio, se movía sobre sus ojos a cada paso que daba, pero no parecía molestarle. Tras él había tres doncellas y un mayordomo, que se recogían las faldas mientras caminaban, siguiéndole a paso ligero.
El extraño grupo llegó finalmente a una cueva, semioculta tras una densa arboleda. Cuando entraron en ella, sus rostros se vieron iluminados por un resplandor violáceo, extraño, maligno. El hombre joven se arrodilló humildemente. Sus ojos se alzaron hacia algo que había frente a él.
— Majestad, siento molestaros. Creo que hemos encontrado por fin una candidata adecuada a vuestras necesidades. Es joven y fuerte, y todo su cuerpo rebosa una gran energía, algo que nunca habíamos visto antes. Ella es la que necesitamos.
La cosa a la que se dirigía le respondió; sus palabras eran algo imposible de descifrar por ningún ser humano. El hombre cerró los ojos para escuchar. Ningún eco rebotó en las paredes de la cueva, ni se mezcló con el leve ruido de las hojas de los árboles mecidas por el viento, ya que la voz sólo se oía en su cabeza, y en la de las doncellas y el mayordomo allí presentes. Todos permanecían inmóviles, escuchando, respirando rápida y ligeramente. Sus ojos estaban ausentes, perdidos en el vacío. El joven volvió a hablar cuando la voz en sus cabezas cesó.
— No, Majestad, aparentemente no padece ninguna enfermedad. Le hicimos un análisis completo. La sangre es pura. Su corazón es fuerte, no hay nada anormal en el ritmo y fuerza de sus latidos. Su mente, quizá… No parecía demasiado receptiva, pero no será nada que no podáis resolver, su Alteza. Su cuerpo lo resistirá, sin duda. No ocurrirá como con la última, os lo aseguro.
La cosa volvió a hablarle. El joven asintió. Sus ojos azules brillaron un instante cuando sonrió; era un fulgor sobrenatural, de otro mundo.
— Sí, su Majestad. Tendremos cuidado. Él se encargará de todo. Dentro de poco la tendréis, os lo prometo.
El Doctor y Rose siguieron a los jinetes hasta el palacio. Por suerte, no estaba demasiado lejos; para Rose, al llevar aquellas ropas con aquel calor tan bochornoso, el paseo se estaba convirtiendo en un infierno. Sus compañeras de hace ciento cincuenta años debían de estar hechas de otra pasta, sin duda alguna.
Por el camino, el propio Emperador les explicó qué estaba ocurriendo. Al parecer, desde hacía varias semanas, las jóvenes del servicio desaparecían de repente, para reaparecer unas pocas horas después cerca de los lindes del palacio, a la salida del bosque. Ninguna presentaba signo alguno de violencia, ni heridas, ni traumas de ningún tipo; tampoco recordaban nada fuera de lo común. Simplemente, sus energías parecían haberse agotado por completo.
— Muy curioso… —se limitó a decir el Doctor.
Por fin, tras una caminata que se hizo eterna, llegaron a su destino. Rose no pudo evitar soltar una exclamación de admiración al encontrarse frente al palacio; el palacio de la Emperatriz Sissi nada menos, todo un mito en la historia moderna. Hombres y mujeres con elegantes trajes y ostentosos vestidos iban y venían por los jardines, paseando tranquilamente.
— Por aquí, Doctor Smith… Dama Rose…
Stonenberg, que resultó ser el jefe de la guardia personal del Emperador, los llevó hasta una entrada trasera, mientras que el Emperador y el resto de guardias se dirigieron hacia la puerta principal. Aunque también respetable, a Rose aquel lugar no le pareció tan elegante como la entrada principal y supuso que eran los aposentos del servicio.
Finalmente, llegaron a una habitación en donde una joven criada yacía en una de las camas, como dormida; parecía diminuta y casi perdida en medio de las sábanas y las mantas, bajo las cortinas del dosel. Otra criada estaba sentada a su lado, refrescándole la frente con paños fríos, y se levantó respetuosamente cuando les vio llegar.
— El médico de la corte no sabe qué está ocurriendo —empezó a explicar Stonenberg al Doctor mientras este se acercaba a la cama—. No parece ser una epidemia, porque no está afectando a demasiada gente. Es… Es como si estuvieran siempre muy cansadas. Algunas parecen recuperarse, pero su salud se resiente hasta bastante después. Otras simplemente duermen… y algunas nunca despiertan.
El Doctor se inclinó sobre la cama. Rose lo observaba desde el otro lado atentamente mientras sacaba su estetoscopio y lo usaba para auscultar a la muchacha, ante los extrañados ojos de Stonenberg, para quien probablemente aquel chisme tenía un diseño demasiado avanzado para la época en que estaban.
— Lo ha inventado él —le susurró Rose para quitarle importancia.
Un gesto de preocupación cruzó un instante por el rostro del Doctor. Guardándose de nuevo el estetoscopio en el bolsillo, se colocó frente a la muchacha de modo que pudo agarrarle la cabeza con ambas manos, por las sienes. Cerró los ojos y se concentró; sus párpados temblaron un instante, su respiración se hizo más profunda y lenta, hasta que pareció detenerse… Y de repente abrió los ojos con un escalofrío, soltando con un jadeo el aire que había estado conteniendo. La joven abrió los ojos, vidriosos y hundidos, pero pareció mirar a través de él, como no existiera. Luego movió los resecos labios como si intentara hablar, pero ninguna palabra salió de ellos.
Aquello, sin duda, era muy extraño. Era como si alguien le hubiera absorbido la energía vital.
— Lo siento… lo siento mucho —susurró el Doctor, acariciando su pálido rostro.
La joven cerró los ojos y se quedó inmóvil, como sumida de nuevo en un profundo sueño.
— ¿Y dice que tienen más chicas así? —preguntó el Doctor a Stonenberg, sin dejar de mirar a la joven enferma.
— Bueno… la mayoría ya se ha repuesto —dijo el hombre, confuso ante lo que acababa de presenciar—. Otras murieron… mientras dormían.
— ¿Cuántas exactamente?
— Cuatro o cinco, en el último mes.
El Doctor se incorporó con un suspiro y empezó a caminar por la habitación, pensativo.
— ¿Qué opina de todo esto, Doctor Smith? —preguntó Stonenberg, impaciente.
— Todavía no lo sé… —dijo, confuso, pasándose una mano por el pelo; luego levantó la mirada hacia el guardia— Me gustaría hablar con el médico de la corte, el que ha visto a las otras chicas.
— Por supuesto. Concretaremos una reunión de inmediato.
Una vez el Doctor se quedó a solas con la criada enferma y con Rose, su joven compañera le tocó la mano con cariño.
— ¿Doctor? ¿Qué le ocurre? —le preguntó en un susurro.
El Doctor la miró con el ceño fruncido. Rose conocía muy bien aquella expresión.
— Es… Es como si… —bufó— Es como si se estuviera apagando. Apenas podía sentir su pulso. No le quedan energías ni para mantener funcionando su propio cuerpo, está… letárgica.
— ¿Dices… como un coma? —preguntó Rose, confusa.
— Algo así.
Rose miró a la muchacha con expresión triste.
— ¿Crees que se va a poner bien?
El Doctor meneó la cabeza, despacio.
— No lo sé.
Pero su mirada decía otra cosa, y Rose creía saber el qué.
Que quizá la joven ya no despertaría.
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Unos minutos más tarde, el Doctor se encontraba reunido con el médico de la corte, el doctor Wiedeman, y con el Emperador (a quien nunca le abandonaban sus hombres de confianza) en los aposentos de este último. Rose se había quedado con la joven enferma; el Doctor le había pedido que estuviese pendiente de cualquier cambio y de cualquier cosa que dijera, aunque si apenas podía respirar, que hablara era muy poco probable.
El Doctor caminaba de un lado a otro, despacio, con las manos metidas en los bolsillos y el ceño ligeramente fruncido.
— Bien, doctor —dijo, dirigiéndose al médico de la corte—. Je, parece que hable conmigo mismo… —sonrió un momento y luego siguió con el tema, serio— Cuénteme lo que sepa.
El médico se lo explicó todo. No era nada que Stonenberg o el Emperador no le hubieran dicho ya. El Doctor frunció el ceño aún más.
— Y las que han reaparecido y han seguido despiertas, ¿no han dicho nada? — preguntó.
— No recuerdan nada —dijo el doctor Wiedeman—. Se comportan como si no les hubiera ocurrido nada, si es que realmente les ocurre algo... Algunas dicen que se encontraban dando un paseo, sin más, y que de repente aparecían cerca del palacio, sin apenas poder moverse.
El Doctor se quedó pensativo un instante.
— Muy raro… ¿Y no han avisado a las autoridades competentes?
El Emperador intervino entonces.
— No conocemos la naturaleza exacta de lo que está pasando, doctor Smith. No podemos arriesgarnos a provocar un escándalo. Además, mi esposa… está bastante afectada por todo este asunto. No puedo permitir que se preocupe demasiado.
El Doctor asintió, alzando una ceja.
De repente llamaron a la puerta. Tras obtener permiso, Rose entró en la habitación, con la mirada perdida. Tenía los ojos llenos de lágrimas y tardó unos segundos en hablar. El Doctor se acercó a ella, alarmado.
— Ha muerto —dijo.
El Doctor supo enseguida a quién se refería. La doncella. Rose clavó sus ojos llorosos en los suyos.
— Simplemente… se apagó…
El Doctor la atrajo hacia sí y la abrazó, acariciándole el pelo con ternura. Luego dirigió la mirada hacia el Emperador, quien suspiró, cansado.
— Necesitamos su ayuda, Doctor Smith. La situación se nos está yendo de las manos.
El Doctor no respondió, pero sus ojos parecían refulgir. Rose se soltó de sus brazos y esbozó una sonrisa triste.
— Laura, la doncella que estaba con nosotros en la habitación, dice que Emily siempre fue de salud fuerte… Tenía muchas esperanzas de que se recuperara…
El Doctor le sonrió, enternecido, mirándola a los ojos.
— No te preocupes. Averiguaremos qué está pasando —le dijo con voz suave.
Rose enseguida se vio presa de aquella familiar sensación, muy usual cuando se perdía en sus ojos: la sensación de que todo iba a salir bien.
— ¿Acepta ayudarnos, doctor Smith? —preguntó Stonenberg, alzando el rostro de forma solemne.
El Doctor alzó la mirada hacia el Emperador y sus hombres y simplemente hizo un gesto de asentimiento. Luego sonrió.
— Sin duda. Me encantan los misterios.
El Emperador sonrió, satisfecho.
— Muchísimas gracias, Doctor Smith. Mis hombres le ayudarán en todo lo posible. Luego mandaré personalmente a que les preparen una habitación a usted y a su esposa.
El Doctor y Rose se separaron y dejaron escapar una risita nerviosa.
— Oh, ¡no, no, no!… —empezó él— Nosotros… sólo somos…
No pudo seguir.
— Somos compañeros de viaje, soy una especie de… aprendiz —intervino Rose; logró disimular mucho mejor que él, pero el colorete de sus mejillas parecía de repente más intenso.
— Exacto, ella… es mi ayudante —dijo el Doctor. Carraspeó y dio unos pasos hacia atrás, azorado, esperando a que sus corazones dejasen de palpitar de aquel modo. ¿Qué demonios le estaba pasando? No era ni mucho menos la primera vez que les confundían con un matrimonio, una pareja o incluso algo un poco menos decoroso…
El Emperador se limitó a asentir, ligeramente confundido.
— En ese caso será mejor que sean dos habitaciones.
— Con su permiso, Excelencia, será mejor que acuda donde la fallecida —dijo el doctor Wiedeman.
— Sí… Iré también.
Tras los correspondientes saludos de cortesía, el Emperador y el doctor de la corte abandonaron la sala, dejando solos al Doctor y a Rose con algunos de sus hombres. Fue ella quien rompió el silencio.
— ¿Qué sentiste, Doctor? Cuando la examinaste. Miraste dentro de ella, ¿verdad?
El Doctor se quedó pensativo, perdiendo la mirada.
— Nada... No sentí nada —suspiró finalmente—. Sólo que se estaba muriendo.
Apenas unos minutos después, un miembro del servicio acudió a mostrarles sus habitaciones. El Doctor disimuló con cortesía cuando le dejaron en la suya, discreta pero elegante, con cortinas violetas, una gran alfombra persa en el suelo y una cama con dosel; lo más probable es que ni la utilizara: había cosas más interesantes que hacer que dormir. A Rose, sin embargo, le encantó su habitación; si ya una simple habitación para invitados era así, no quería ni imaginar cómo sería la de los Emperadores. Unos altísimos ventanales cubrían casi toda la pared, parcialmente tapados por unas gruesas cortinas. No tuvo que abrir el armario para saber que estaba lleno de preciosos pero aparatosos vestidos. La cama era enorme; quizá el Doctor no le viera la misma importancia que ella al hecho de dormir, pero ella se moría de ganas por probarla. Se sentó al borde y luego se dejó caer sobre el mullido colchón con un gritito.
Entonces tocaron a la puerta y el Doctor entró. Bromeando, fingió un exagerado gesto de disgusto cuando la vio.
— ¡Pero bueno! ¿Ya durmiendo la siesta?
Rose rió y se sentó.
— Espero que no te haya visto nadie... Tocar la puerta de una dama… Menudo escándalo… —bromeó.
El Doctor frunció el ceño.
— Claro… Ahora entiendo la expresión de la doncella a la que le pregunté dónde te habían alojado. No te preocupes, no será nada que estropee aún más tu reputación de salvaje chica inglesa en vaqueros.
Los dos rieron. Rose empezó a colocarse el sombrero, que se le había movido al tirarse sobre la cama. El Doctor se limitó a mirarla, con los ojos brillantes, una de las comisuras de sus labios torcida en una ligerísima, dulce sonrisa.
Ella le miró y soltó una risita.
— ¿Qué pasa?
El Doctor carraspeó y apartó la mirada, poniéndose serio de nuevo.
— Venía a decirte que estamos invitados a un banquete de palacio esta misma noche.
— ¡Menudo honor! ¿No es emocionante?
El Doctor hizo un gesto que denotaba desgana.
— Naaaah… Ya estoy acostumbrado a cosas así… La última vez, hace nada, con la Reina Victoria. Le debes tu nombre, ¿recuerdas? Una conversación muy interesante, por cierto...
Rose hizo un gesto que fingía molestia.
— Te recuerdo que mientras tú tomabas vino con su Majestad y hablabas de cosas interesantes, yo estaba encerrada con la señora de la casa, sus criadas y un hombre lobo de otro planeta.
— Oh, vaya, es cierto… Siempre me olvido de eso.
Ella le lanzó un almohadón.
— ¡Fallaste! —volvió al tema— Bueno, si vamos a ejercer de detectives, será mejor que empecemos cuanto antes, y seguro que en ese banquete averiguaremos algo. Pero primero, me gustaría echar un vistazo por ahí —se plantó delante de ella y extendió el brazo—. ¿Sería usted tan amable, Dama Rose, de acompañarme a dar un paseo por los jardines?
Ella rió, divertida.
— Desde luego, Sir Doctor, será un placer—dijo con voz solemne, cogiéndose de su brazo.
Él sonrió abiertamente y salieron juntos de la habitación, dirigiéndose a la salida.
— ¿Por qué siempre acaba pasando algo en los lugares a los que llegamos por azar? —le preguntó la joven mientras bajaban las escaleras.
— ¡Oh! Es la propia TARDIS —le explicó—. Su prioridad es ir a lugares donde puede que se requiera mi ayuda. Ya sabes, cosas de ser un Señor del Tiempo.
— Ah, claro… Eso explicaría por qué siempre nos ponemos en peligro.
— ¿Y no es genial? —dijo, dedicándole una de sus enormes sonrisas.
Rose rió como toda respuesta y se agarró más de su brazo mientras salían por la puerta, a la cálida luz del sol.
Un zumbido intermitente y regular se abrió paso por la densa oscuridad donde se encontraba, penetrando en el silencio hasta romperlo completamente. Sin darse cuenta de lo que hacía, alargó una mano que parecía pesar una tonelada hacia el lugar de donde provenía el sonido; sus dedos, torpes, tocaron algo frío y duro.El sonido se apagó.
Rose Tyler abrió los ojos, despacio. Unos números luminosos, indefinidos, flotaban delante de ella. Su despertador.
Se levantó con un sobresalto, mirando a su alrededor, con el corazón golpeándole dolorosamente contra el pecho.
Las paredes de color rosa chicle, llenas de fotografías y postales. Las cortinas rosas. El edredón rosa. Su perro de peluche, el cual tenía desde que era niña, que se había caído encima de la ropa que había desperdigada por el suelo cubierto por una moqueta violeta.
Estaba en su habitación.
Todo acudió a su cabeza con rapidez, golpeándola como un relámpago. Estaba en la TARDIS con el Doctor, riendo juntos, y de repente todo se había puesto a temblar... Él la había cogido de la mano con fuerza, y aquella luz cegadora lo había cubierto todo…
Se frotó los ojos, que le quemaban ligeramente. Luego sonrió, enternecida: seguro que todo había salido bien, pero ella se había desmayado por alguna razón, y el Doctor la había traído hasta allí. Se había perdido toda la acción, pero al menos estaba a salvo.
Salió de la habitación, sin detenerse a arreglarse un poco delante del espejo (seguro que tenía una pinta horrible); ya habría tiempo para eso. No iba a ser la primera vez que el Doctor iba a verla recién levantada, con un pijama lleno de ositos y el caos donde solía tener el pelo.
Su madre estaba sentada a la mesa, removiendo con parsimonia una taza de té mientras leía una revista de cotilleos.
― Buenos días, dormilona ―dijo sin mirarla―. Casi no oyes el despertador hoy…
Le extrañó la tranquilidad de su madre (su reacción más normal cuando le ocurría algo durante sus viajes era dar gritos) pero no dijo nada; ya habría tiempo luego para explicaciones. Miró alrededor, bostezando y rascándose un brazo. No había ni rastro del Doctor.
― ¿Dónde está?
― ¿Quién, cariño? —preguntó su madre todavía sin mirarla, untando una tostada de mantequilla. Un mechón de pelo rubio intenso le cayó sobre la cara y lo apartó con aire ausente.
― El Doctor, mamá… ¿está en la TARDIS?
― ¿El Doctor? ¿Qué doctor?
Rose la miró, incrédula, con una sonrisa sarcástica dibujada en la cara. A su madre nunca le había caído precisamente bien (seguramente porque por su culpa se pasaba días, semanas y a veces meses sin aparecer por casa), pero nunca había necesitado fingir que no le conocía: su estilo era más cercano a darle un doloroso manotazo en el brazo cuando se dignaba a aparecer.
Jackie Tyler dio un leve sorbo al té, la taza cogida con ambas manos.
― Date prisa o llegarás tarde al trabajo, cariño.
Rose soltó un bufido que pretendía ser una risa.
― ¿Trabajo? ¿Qué trabajo?
Jackie Tyler puso los ojos en blanco.
― Menuda conversación más inteligente para la primera hora de la mañana…
― Mamá… ―meneó la cabeza; aquello era de locos― ¿No lo recuerdas? El edificio donde trabajo explotó… ―dijo con sarcasmo.
Jackie por fin se dignó a apartar la mirada de la tostada. Sus ojos azul intenso se abrieron como platos.
― ¿Qué? ― exclamó, levantándose de la silla― Pero, ¿cuándo fue eso? ¡Oh, Dios mío, ¿cómo fue, cuándo…?!
― ¿Cómo que cuándo fue? ¿Es que no lo recuerdas? Si querías pedir un seguro por daños psicológicos… ―Rose tragó saliva; una fría inquietud se estaba abriendo paso en su estómago― Mamá, me estás asustando. Déjalo ya, no tiene gracia.
La mirada de su madre le respondió sin necesidad de palabras: no estaba fingiendo, ni gastándole una broma.
― Vale, ya sé… ―dijo de repente, señalándola con el dedo; soltó una carcajada nerviosa― Esto debe ser una paradoja temporal, claro que sí, algo le ha pasado a la TARDIS… ¡Espera, espera…! Estuve un año fuera, el año pasado, el año que nunca ocurrió…¿En qué año estamos? ¿Qué día es hoy?
Su madre la estaba mirando como si de repente le hubiera crecido un tercer ojo.
― Por eso estabas pidiendo un doctor… ― dijo, poniéndole la mano en la frente con expresión preocupada. Rose se zafó de ella.
― Estoy bien, mamá, no tengo fiebre… Sólo… creo que me estoy volviendo loca, o algo peor… Yo… estábamos en la TARDIS, nos estábamos riendo del emperador… y de repente esa luz… Tengo que preguntarle qué ocurrió. ¿Dónde está? ¿Doctor? ¡Doctor! ―llamó, deseando con todas sus fuerzas escuchar su reconfortante voz estallando en una carcajada.
Cuando puso rumbo al salón, su cara se reflejó un instante en el pequeño espejo que había en la pared. Rose sintió que el mundo se abría bajo sus pies.
Su pelo.
Su pelo era largo otra vez.
Rose lanzó un grito, retrocediendo hasta que tropezó y cayó al suelo.
― ¡Rose! ¿Estás bien?
La chica se había quedado sentada en el suelo, con la respiración agitada y el terror reflejado en su rostro, tocándose el pelo con las manos temblorosas. Tocando un peinado que no usaba desde hacía meses. Jackie se agachó a su lado, su expresión desconcertada convertida ahora en auténtica inquietud.
― Rose, hija… ¿qué te pasa?
Ella se apartó con brusquedad, ahogando un grito. La miró como si no la conociera.
― Tengo que encontrarle…
Se levantó, luchando para que las piernas la sostuvieran. Sin importarle, o quizá sin ni siquiera acordarse de que todavía llevaba el pijama, bajó las escaleras frenéticamente, casi saltándose algunos escalones; estuvo a punto de caerse más de una vez, pero no paró hasta que llegó a la calle. Sola en medio del patio, sin aliento, miró alrededor esperando vislumbrar algo que le resultara muy familiar, algo de un azul intenso con forma de cabina telefónica.
Pero no había ni rastro de la TARDIS, ni tampoco del Doctor.
Aquello era imposible. Simplemente imposible. Podían viajar en el tiempo, pero no de esa manera... el Doctor podía evitar que algunas cosas ocurrieran en un momento determinado, hacer que ocurrieran de otra manera, pero no podía cambiar la realidad para todos excepto para ella... ¿O sí?
La voz de su madre la arrancó de sus pensamientos.
― ¿Rose?
Cerró los ojos. La cabeza estaba empezando a dolerle horrores. Notó que su madre le ponía una mano en el hombro; la chica dio un leve sobresalto, pero no se movió del sitio.
― Cariño… ¿qué tal si llamas y dices que estás enferma, y que hoy no vas a trabajar?
Rose se limitó a asentir, pero su mente a varias millas de distancia. Las palabras que había pronunciado antes de que el mundo desapareciera…
Rose, pase lo que pase, no me olvides.
El Doctor la había dejado. Se había ido para siempre. Y no solo de su vida, sino aparentemente de la propia existencia.
Un grupo de hombres vestidos con ropas de cacería y armados con unas escopetas les apuntaban. Rose agarró inconscientemente la mano del Doctor; notó que este se la apretaba ligeramente, como para tranquilizarla. De repente se sintió a salvo.
— ¡Alto! —dijo uno de los jinetes, un hombre alto y con un enorme bigote que le caía a ambos lados como el de una morsa. Tenía un marcado acento alemán; la TARDIS traducía instantáneamente el idioma, pero nunca había logrado hacer gran cosa con los acentos.
— Estos son los jardines privados del Emperador. ¿Quiénes sois y cómo habéis entrado? ¡Identificaos!
El Doctor carraspeó y empezó a acercarse a ellos, estirando una mano a modo de saludo; Rose no se despegaba de su espalda.
— ¡Hola! Soy el Doctor, y esta es Rose. Estamos aquí por un desafortunado accidente; veréis, hemos hecho un viaje muy largo, así que decidimos descansar…
Los hombres le apuntaron con las escopetas.
—… pero no es nuestra intención estropear vuestro apasionante y cruel deporte, así que con vuestro permiso, nos vamos. ¡Adiós!
Otro de los hombres, de rostro afeitado y aire severo pero inteligente, espoleó al caballo y avanzó hacia ellos antes de que se marcharan.
— ¡Un momento, un momento…! Espere ahí, doctor… ¿Podría explicar qué doctor es usted y qué hace esta señorita vestida de una forma tan indecente?
— Oh no, otra vez… —murmuró Rose para sí con cara de fastidio, enterrando la cara en el hombro del Doctor.
El Doctor pensó por unos instantes.
— No, no puedo explicarlo —se limitó a responder sin más—. En cuanto a mí… soy… el Doctor John Smith —añadió, sacando el Papel Psíquico y mostrándoselo a los jinetes por un leve instante.
— ¿John Smith? ¿Es usted inglés? —preguntó el jinete, bajándose del caballo.
— Como el té con arenques en el desayuno.
Otro de los jinetes, un joven de pelo dorado, intervino tímidamente.
— Debe haber venido por lo de las muchachas, señor Stonenberg —le dijo—. Antes de irse a Berlín, el doctor Hessen dijo que mandaría a llamar a un colega suyo, un médico inglés que vive en Baviera.
— Eeee…fectivamente, ese soy yo —dijo el Doctor; sus ojos brillaron de expectación cuando por su cabeza pasó la idea de que allí estaba ocurriendo algo interesante… y que él iba a presenciarlo.
— Entonces debería acompañarnos, Doctor Smith —dijo una voz, lenta y altiva.
Uno de los jinetes, que todo el rato se había mantenido al fondo, hizo avanzar al caballo. El Doctor reconoció al Emperador Francisco José I, que desmontaba y se dirigía hacia él. Sus hombres no le apartaban la mirada mientras se acercaba al Doctor. Este se inclinó un instante como saludo, pero no dijo nada.
— Honraré con honores a cualquier hombre que pueda ayudarnos a resolver un extraño misterio que acontece en palacio, Doctor Smith —le dijo solemnemente—. No quiero que nada perturbe la tranquilidad de mis súbditos y mi señora esposa, la Emperatriz Elizabeth.
— Sissi… ¡La Emperatriz Sissi! —se dijo Rose, fascinada; debió ser en voz demasiado alta, porque los hombres del Emperador la atravesaron con una mirada severa.
— Más respeto hacia la emperatriz, jovencita —dijo Stonenberg, mirándola de arriba abajo con reprobación.
— Lo siento, señor —murmuró Rose; deseó no haber abierto la boca.
El Emperador, para sorpresa de todos, parecía divertido.
— Sí… Así es como le gusta que la llame su querido pueblo, jovencita —le dijo—. ¿Cuál es vuestro nombre?
Rose se inclinó con respeto.
— Rose T… —se detuvo un momento, pensativa, y entonces alzó la cabeza, con los ojos brillantes — Dama Rose, del Estado de Powell.
El Doctor la miró de reojo con las cejas levantadas; ella, disimulando, le guiñó un ojo con complicidad y él desvió la mirada, apretando los labios para contener una sonrisa.
— ¿Una dama, eh? Una forma muy curiosa de vestir para una dama… Sí que sois especiales en Inglaterra —dijo el Emperador, soltando una carcajada.
— ¿Tiene que venir ella? No puede mostrarse en la corte con ese aspecto —dijo Brower con severidad; su bigote temblaba con cada palabra.
Rose, de nuevo medio escondida tras el Doctor, puso los ojos en blanco en una expresión de hastío.
— No le hagáis caso a la dama, pensó que sería divertido ponerse pantalones y enseñar los brazos, en Londres son un poco especiales… —dijo el Doctor— Con vuestro permiso… —agarró a Rose con cuidado por un brazo y la acercó a la TARDIS, abriendo la puerta y metiéndola dentro; Rose se limitaba a mirarlo con una ceja levantada y una expresión de humillación dibujada en el rostro—. El armario del fondo, el de las chaquetas con charreteras —le susurró al oído para que nadie pudiera oírle—. Siglo diecinueve, años cincuenta, ya sabes cómo vestían, lo habrás estudiado en Historia. Te espero aquí. Ah, por cierto, lo de Dama Rose ha sido brillante.
Cerró la puerta. Los hombres le miraban, incrédulos; el Doctor se limitó a sonreírles abiertamente.
— ¿Qué es eso, Doctor, un tocador portátil? —preguntó Brawer.
— Sí, en Inglaterra nos gusta vestirnos para cada ocasión, nunca se sabe qué ropa puedes necesitar… Y dígame, Emperador… —comenzó a decir, avanzando hacia él, siempre vigilado por sus hombres— ¿Qué ocurre exactamente con esas… muchachas?
De repente, un joven vestido como un mayordomo se acercó corriendo hacia ellos.
— ¡Señor!... —se detuvo un instante para recobrar el aliento— Señor, han encontrado a otra…
Un gesto entre preocupado y satisfecho se dibujó en el rostro del Emperador.
— Podrá verlo por usted mismo, Doctor Smith…
En ese mismo instante la puerta de la TARDIS se abrió. Rose tuvo algunas dificultades para salir; la falda del vestido era enorme y tan amplia que tuvo que recogerla para poder caber por el hueco dejado por la puerta (no podía arriesgarse a abrir las dos y que el Emperador y sus hombres vieran que aquello no era precisamente un tocador portátil). El Doctor la ayudó a salir de la nave y luego cerró la puerta. La miró, sonriendo de medio lado; sin duda había hecho la elección correcta. El vestido era de un rosa pálido, sencillo, con mangas hasta la mitad del brazo; llevaba unos guantes cortos a juego. Un pequeño sombrero coronaba un recogido hecho con prisas, y en la mano llevaba una sombrilla. Se colocó al lado del Doctor.
— ¿Has traído los payasos? —le susurró al oído, algo fastidiada— Yo ya tengo la carpa.
Se balanceó un instante adelante y atrás; el Doctor contuvo una risita, divertido.
— Está usted muy guapa, dama Rose —le dijo el Emperador; ella esbozó una sonrisa tímida y dejó que le besara el dorso de la mano…
— ¡Bueno! —interrumpió el Doctor bruscamente— ¿Vamos, señores?
(NOTA: última vez que lo cambio, lo prometo XD Me parecía demasiado largo, así que lo he dividido en dos)
- 1 -
Una ligera brisa, apenas una caricia, sacudía la hierba alta y amarillenta que parecía extenderse kilómetros y kilómetros. Bajo la brillante luz del sol, una curiosa cabina azul empezó a materializarse de repente, como un espejismo primero y como algo sólido luego; pasaron unos segundos hasta que la TARDIS detuvo su oscilante zumbido y se quedó en el sitio, aparentando como de costumbre no ser más que una simple y antigua cabina policial inglesa.
La puerta de madera se abrió con un chirrido y por ella asomó, con los ojos chispeantes de curiosidad y expectación, un hombre joven de pelo castaño y alborotado. Abriendo la puerta del todo, salió con las manos en los bolsillos del pantalón y avanzó unos pasos, con los ojos entrecerrados por el sol. Sobre un traje marrón a rayas llevaba una larga gabardina color canela que probablemente, dado el calor que hacía, no tardaría en quitarse.
— ¿Doctor?
Una joven de pelo rubio salió de la TARDIS, cerrando la puerta tras ella. Como si hubiera previsto el tiempo que iba a hacer, llevaba la chaqueta amarrada a la cintura; vestía una sencilla camisa de manga hueca de color blanco y unos vaqueros azul oscuro llenos de bolsillos.
El Doctor ya estaba mirando a su alrededor atentamente, haciendo uno de sus habituales análisis de situación en el tiempo y lugar, cuando Rose Tyler empezó a intentar averiguar por sí misma dónde habían aterrizado. Estaban en un enorme descampado, flanqueado por unos frondosos árboles que no les dejaban ver lo que había más allá. La hierba, alta y amarillenta, crujía bajo sus pies cuando caminaban.
— ¿Dónde estamos? —preguntó Rose finalmente.
El Doctor dio un par de pasos, lentos y graciosos, sin sacarse las manos en los bolsillos.
— No tengo ni idea —dijo felizmente.
Rose soltó una risita de incredulidad, recogiéndose el pelo como podía en una cola de caballo.
— Tú y tus aterrizajes al azar… Un día de estos vamos a aterrizar en medio de una invasión bárbara, o algo así.
El Doctor se encogió de hombros despreocupadamente.
— No es para tanto, ya me ha pasado un par de veces… ¡Veamos!… —olfateó el aire y miró a su alrededor— Sí… diría que esto es Austria… Ja,Osterreïch… Siglo… ¿diecinueve?… Aunque no estoy muy seguro del año, así que bien puede ser Austria a secas, o el imperio Austro-Húngaro…
Rose cerró los ojos y respiró profundamente, estirando los brazos.
—Y yo diría que es mediodía…—dijo, imitando el tono de listillo del Doctor— Ya echaba de menos el sol... el del Sistema Solar, quiero decir —añadió, como si lo que acababa de decir fuera lo más normal del mundo.
El Doctor alzó la vista al cielo, entrecerrando ligeramente los ojos cuando la luz del sol cayó sobre ellos. Sonrió satisfecho, sintiendo el calor en el rostro, y su sonrisa se ensanchó hasta ser la de un niño travieso.
— Echemos un vistazo, la parte más emocionante de los destinos no planeados —dijo alegremente girando la cabeza hacia su compañera.
Y eso hicieron, pero el tremendo calor hizo que para Rose los minutos transcurridos, posiblemente no más de quince o veinte, pareciesen horas. El Doctor se había quitado la gabardina, pero sus energías parecían inagotables. La joven se detuvo y resopló, con las manos en la cintura.
— Hemos vuelto al mismo sitio —soltó con voz inexpresiva.
— No es verdad…
La joven señaló con la cabeza por detrás de él como respuesta; allí estaba la TARDIS, tal y como la habían dejado. El Doctor se limitó a mirar su nave y a parpadear varias veces, despacio.
— Anda, pues sí.
Con un suspiro, Rose se sentó en la hierba.
— Explorar con este calor me está matando… —dijo; se echó hacia atrás hasta que quedó tumbada sobre la hierba, justo donde la TARDIS proyectaba un poquito de sombra, estirando los brazos por encima de su cabeza; soltó una risita de satisfacción.
—Buena idea, no pasará nada porque descansemos un rato y disfrutemos la luz de vuestra calurosa estrella —dijo el Doctor.
Extendió su gabardina sobre la hierba y se dejó caer sobre él con un exagerado suspiro. Rose soltó una carcajada y sus miradas se encontraron, a escasos centímetros el uno del otro.
— ¡Hola! —dijo él con una sonrisa.
Ella le sonrió a su vez.
— Esto me recuerda a nuestro primer viaje —dijo él, divertido—… Bueno, nuestro primer viaje con este cuerpo. ¿Te acuerdas?
Rose se incorporó con un resoplido.
— Sí, pero esta hierba no es tan mullida como parece y no huele a manzana… —farfulló, intentando quitarse unas pegajosas espigas del pelo.
Sentándose, el Doctor le quitó una y, tras ponerse unas gafas de montura de carey, se la quedó mirando con mucho interés mientras Rose intentaba librarse de las demás, del mismo color pajizo que su pelo.
— ¡Ajá! Una ortiga… Urtica Dioica… Inofensiva, excepto por la urticaria, —bufó— Qué molesta es… —la tiró al suelo y miró alrededor— Ortigas… la altura a la que está el Sol y la fuerza con la que brilla… Debe de ser verano. Poco a poco nos vamos situando en cuándo estamos, ¿eh? —dijo con una gran y despreocupada sonrisa.
—Sí, ya… algo es algo… Aunque con este calor era algo que ya había deducido —dijo ella un poco fastidiada, quitándose la última ortiga del pelo—. Ahora falta saber dónde. Pero yo prefiero descansar un rato o me moriré de una insolación.
El Doctor volvió a tumbarse despreocupadamente sobre la gabardina, con las manos detrás de la nuca, dejando un poco más de hueco a Rose sobre la tela para que esta no volviera a acabar con el pelo lleno de ortigas. Cerró los ojos para protegerse de la fuerte luz del sol y dejó que este le calentara dulcemente el rostro lleno de pecas. Notó movimiento a su lado y vio que Rose farfullaba algo mientras se desenredaba otra ortiga del pelo.
—Pesaditas, ¿eh? Apóyate en mí si quieres.
Rose pareció vacilar un momento y le sonrió con timidez; no sabía si tenía las mejillas ligeramente rojas por el sol o por su repentino ofrecimiento.
—En serio, no me importa —le dijo él despreocupadamente, cerrando los ojos otra vez.
Pasado un rato, notó que Rose apoyaba la cabeza sobre su hombro con un ligero suspiro, y se quedaba allí. Abrió un ojo para mirarla, divertido; enseguida le llegó el dulce olor a frutas de su pelo.
Entonces Rose soltó una risita.
— ¿Qué pasa?
— No, nada… Acabo de recordar que Mickey también dejaba que lo usara de almohada cuando veíamos la tele en el sofá.
El Doctor frunció el ceño ligeramente, desviando la mirada hacia ella por un instante.
— ¿Ah, sí? ¿Y… quién es más cómodo? —preguntó con cierto soniquete en la voz.
Rose pareció dudar un momento y se incorporó para mirarle, traviesa, fingiendo que le analizaba.
— Bueno… Tú no eres tan mullido, estás demasiado flaco… —dijo, burlona.
La joven rió y puso la cabeza sobre su pecho, de una forma mucho más natural esta vez. Atenta a algo de repente, llevó una mano hacia el otro lado de su pecho y la apoyó allí con firmeza; soltó una risita.
—Puedo oírlos…
El Doctor abrió un ojo para mirarla. Rose oía latir su corazón izquierdo, notando bajo su mano cómo el derecho le seguía a continuación. El Doctor sonrió, divertido ante el interés de su compañera.
La chica cerró los ojos para concentrarse, sin borrar su sonrisa. Intentó seguirles el ritmo con los dedos, uno con cada mano, pero enseguida se hizo un lío y desistió, divertida.
—A mí tampoco me ha salido nunca, y mira que los tengo desde hace mucho tiempo —le dijo él, sacando una de las manos de debajo de la nuca y moviendo los dedos con una expresión confusa. Ella rió con ternura.
El Doctor sonrió abiertamente; adoraba oírla reír, y sintió que un enorme afecto por ella le invadía de repente, como un cosquilleo. Sin apenas borrar su sonrisa, respiró despacio, llenando sus pulmones con el aire puro del verano, y cerró los ojos. Notó que Rose acomodaba mejor la cabeza y que también respiraba profundamente. La ardiente luz del sol ya había invadido su acogedora sombra, pero a ninguno de los dos pareció importarle.
—Es muy relajante…—murmuró.
Él sonrió, con un repentino brillo en sus ojos. La presión de la cabeza y la mano de la muchacha sobre su pecho eran algo agradable y cálido; casi sin darse cuenta, sus dedos se enredaron en un mechón de su pelo, y el cariño que había sentido por ella al oír su risa pareció multiplicarse por mil. Se sorprendió pensando cuánto envidiaba a veces aquella faceta de los seres humanos antes de que su mente, casi siempre frenética, empezara a sumergirse en una gran tranquilidad. Al volver a respirar profundamente, le llegó el agradable olor de su pelo. Qué bien olía…
Rose también estaba empezando a adormecerse; el sonido de los corazones era casi hipnótico, y el olor de la hierba y la agradable caricia del sol en su cara no ayudaban en absoluto a mantenerla despierta. En el mundo solo existían ellos dos. Ellos dos, y el fragante olor de la hierba calentada por el sol… El soporífero calor… El rítmico latir de los corazones… primero uno, dos veces… luego otro, otras dos… Y luego un tercero...
¿Un tercero?
Extrañada, abrió los ojos y se incorporó, intentando encontrar la fuente de aquel tercer golpeteo.
Pronto lo reconoció: eran cascos de caballos. Alguien se acercaba.
— ¿Doctor…?
—Lo sé…
Los dos se incorporaron lentamente, con los ojos fijos en unos jinetes que venían hacia ellos. Sin desviar la mirada de sus repentinos visitantes, el Doctor cogió su abrigo del suelo y acercó los labios al oído de Rose para susurrarle algo.
— Ya sé cuándo estamos: a unos diez años de la creación del Imperio Austro-Húngaro, en algún momento de los años cincuenta o sesenta… Y en los jardines privados del emperador Francisco José.
Del diario de Lady Gibberne, a 23 de Octubre de 1889
Qué duro es el embarazo. Si hace unos meses ya me daban antojos y cambios de humor, a medida que avanza el tiempo se multiplican. Un día puedo estar tan contenta como una niña con un caramelo de menta de los caros, y al día siguiente le peleo al gato sólo porque cruza delante mío (y porque no le puedo gritar a nadie más, que si no...). Pobre Shakespeare, qué linda era esa bolita de pelo blanco, que parecía un algodoncito cuando era un cachorro... ¿Lo veis? Ahora me he puesto tierna recordando al gato. Enseguida iré a cogerlo y a ponerlo en mi regazo hasta que le den ganas de vomitar de tanta dulzura.
Vomitar... Mi pasatiempo de todas las mañanas. Qué encantador. Tanto, que Cedric espera a que regrese del baño para darme los buenos días en vez de hacerlo apenas me ve despierta, o si no, imaginaos qué romántico...
"Buenos días, querida"
"... Ahora vuelvo"
Menos mal que hoy día se sabe que es imposible, o capaz de que el bebé sale por donde no debe.
El otro día tuve unos extraños dolores a mitad de la noche y sufrí un desmayo, y tuvimos que hacer venir al doctor. Cedric estaba tan nervioso como si estuvieran examinándole a él, o fuera él el que iba a tener el bebé (si es que va a ser un padrazo aunque no lo parezca...). Nada grave, solo ligeros problemas, algo muy común en todas las embarazadas. Pero Cedric no dejó irse al doctor hasta que no le aseguró por toda su carrera que mi vida y la del bebé no corrían peligro. Y algo más, algo que temíamos... Al auscultarme, casi, CASI podía asegurar que iban a ser gemelos, lo que explicaría mis complicaciones (aquí es cuando el doctor tuvo que atender a Cedric con una crisis de hiperventilación y se pasó el resto de la revisión en la cama... al menos así no ponía al doctor nervioso con sus preguntas y teorías), aunque hasta que no diera a luz no se iba a saber nada, porque aunque avanzada, aún no teníamos los suficientes recursos en la medicina para poder saberlo con seguridad (desde entonces Cedric se estremece diciendo que cada día tengo la barriga más grande. Exagerado...). Aun así, las posibilidades no eran demasiadas, lo cual al menos dejó que Cedric pudiera dormir esa noche.
Qué desgracia... Aquí estoy un día mas sentada, escribiendo, con Shakespeare en el regazo y una enorme taza de té con canela al lado, entrándome a veces tanto sueño que casi mojo la pluma en el té y me bebo el tintero. El doctor me ha recomendado un mes de absoluto reposo. Yo no estoy hecha para estar en mi casa quieta, sin salir al parque con mis amigas a charlar, aunque sea por un rato. Qué gracia, para ese entonces estaré en los meses de riesgo, así que me da la impresión de que serán TRES meses de absoluto reposo...
En fin...
¿Y los antojos? Este mes me ha dado por el té con canela y una gota de leche dulce. El mes pasado eran los huevos con jamón. La inconveniencia del té con canela es que me apetece a cualquier hora del día, mientras que los huevos no hacían más que provocarme más náuseas por la mañana, pero sin embargo los devoraba por la noche. ¿Y por qué es una inconveniencia eso del té? Bueno, es una inconveniencia cuando tu doncella no está en casa y tú ni puedes salir a la calle por recomendación del médico, y resulta que el té se ha acabado.
"Cedric... ¿Estás despierto?"
Obviamente no, pero yo me había encargado de eso.
"Mmm..."
"Cedric..." besito en la frente.
"¿Mmm? No, no eches tanto sulfuro en esa probeta..."
"Cedric, soy yo, no tu ayudante"
"¿Mmmm?"
"Me apetece un té con canela... Y sabes que Anastasia se ha ido a ver a su madre enferma... ¿Puedes ir a comprarlo? Por favor... Creo que la tienda de Winston cierra muy tarde... Apenas son las doce..."
"Mmmmmm..."
Y al volver, calentar agua, prepararme el té y llevármelo, se quedaba dormido con ropa y todo. Al menos no tenía que vestirse para ir al Imperial College al día siguiente, aunque siempre le preguntaban a qué venía ese descuido en las arrugas de la ropa.
Últimamente, está lloviendo mucho. Se acerca el invierno, y pese a compartir el cuerpo con un futuro ser humano, yo hay días que me muero de frío. Y otros en que podría mover un coche por la rapidez con que muevo el abanico. Me encanta que llueva. Soy bastante peculiar en eso. Quien viva en Inglaterra debe estar acostumbrado a la lluvia. Pero mientras que otras personas se refugian y salen cuando sale el sol, yo adoraba meterme debajo de la lluvia y empaparme hasta que las ropas me pesaban tanto que casi volvía a mi casa de rodillas. Y adoro que llueva por la noche, cuando estoy tan a gusto en mi cama. Las gotas de lluvia cayendo me sumergen en un sueño tan dulce...
Adoro las tormentas, pero vivirlas con Cedric es otro cantar. Le vuelven loco (literalmente) los rayos y los relámpagos. Esa es otra de las cosas, aparte de la fiebre alta o probar sus propios compuestos, que provocan en él unos extraños delirios. O quizá un simple arrebato infantil. Eso lo hace adorable... Pero a veces siniestro. Probad a escuchar eso en un silencio absoluto y en una oscuridad tan negra como la boca de un lobo...
"¿Sabes, querida, que puede que en alguna parte ahora mismo un hombre haya extirpado y vuelto a meter en otro cuerpo un cerebro humano, que haya cosido el cráneo con sus propias manos, compuesto un hombre con partes de cadáveres, y que esté utilizando ese rayo para devolverlo macabramente a la vida desencadenando un horror inimaginable?"
Es lo que tiene haber leído Frankestein a los 7 años, esa edad a la que los niños son tan impresionables. Imaginaba a Cedric poniéndose la bata de laboratorio y gritando "ESTÁ VIVOOOOOO, VIVOOOOOOO" mientras un relámpago iluminaba la estancia...
Menos mal que hace dos días que llueve sin tormenta. Porque precisamente los relámpagos empiezan cuando yo consigo dormirme. Esos sobresaltos no pueden ser buenos para el bebé...
Anoche nos fuimos a la cama temprano. Yo, como siempre, cayéndome de sueño, pero incapaz de cerrar los ojos en cuanto apagábamos la luz. Y venga a dar vueltas. Odio dormir boca arriba, pero boca abajo ni puedo respirar y de lado estoy incómoda. Y pensar que aún quedaban los peores meses...
"No te preocupes, querida" me dijo Cedric."Estoy intentando encontrar un somnífero suave, pero efectivo, que te ayudará a dormir. Creo que ya casi lo tengo... cuando consiga que las cobayas se despierten en ocho horas y no en veintitrés..." me susurró; finalizó la frase con un tierno beso.
"Pero cariño... ¿no será malo para el bebé?"
"Oh... Es verdad"
Se dice que los seres humanos sólo utilizamos el diez por ciento de nuestro cerebro. Bien, creo que Cedric con su prodigiosa mente científica usa el veinte, quizá el treinta, pero lamentablemente cuando lo hace le desaparece el otro setenta por ciento: el sentido común. Claro, como él no tiene que vomitar las tripas todas las mañanas, pues a veces se le olvida. Y eso que mi talla de vestido ha aumentado el doble y a veces se cae de la cama porque no cabemos. Me parece demasiado bulto para solo 6 meses...
Y, ¿qué mas problemas trae el embarazo? Cuando no es el insomnio, los antojos o la somnolencia matutina, es... Bueno, la revolución hormonal. Ya me entendéis...
"Cedric... cariño... hay otros "métodos" para dormir más a gusto por las noches..."
Me miró con una sonrisa pícara y me besó en la frente.
"Tienes razón, querida"
Y se acercó a mí, colocándome como tantas veces me gustaba yacer junto a él. Cerró los ojos como quien se echa una siesta y me abrazó con ternura, rodeándome con un brazo; mi pelo quedó justo bajo su nariz y aspiró suavemente su aroma.
"..."
Si es que a veces es de simple...
"Tu pelo huele a romero, me encanta"
"Cedric..."
"¿Sí?"
"No me refería precisamente a esto..."
"Oh. Ya."
Y empezamos con un besito aquí, otro allá... Maldita sea, la barriga. Siempre me olvido cuando la lujuria piensa por mí. ¿De lado? Nada... A ver de esta forma... Sí, así podemos respirar los dos. Y de nuevo un besito, y otro. Bueno, ya sabéis como son esas cosas... Y no habíamos ni empezado a cumplir con esa obligación del matrimonio cuando Cedric se apartó de repente. En esos momentos, en mi frente (y otros sitios que no mencionaré...) ya se podía hasta cocer un huevo.
"¿Querido?... ¿Qué pasa? ¿Cedric...?" qué voz tan mimosa pongo a veces... Y le besé, y le acaricié el pelo... Qué sofocos. O yo tenía demasiado calor, o él también se había convertido en un cazo lleno de agua hirviendo.
Y se frenó de nuevo.
"Querida... ¿y si le hago... daño al bebe? Ya sabes... con... mi..."
"..."
"¿Qué pasa? Quiero decir que... bueno... está ahí dentro... ¿no? Y ya estás de seis meses... Y... Bueno, y... Ya sabes... No sé... Creo que no es posible anatómicamente, pero... el cuerpo humano es tan impredecible..."
"..."
Estallé en tal carcajada que la pasión se nos apagó como la llama de una vela. Cedric me miró un rato, muy serio, y luego me dio las buenas noches, más abochornado que nunca antes en su vida, incluso más que cuando mi madre nos pilló mirando las estrellas juntos en el jardín de mi casa. Y yo no podía parar de reír. Ahogaba las risas en mi almohada, poniéndome debajo hasta que me faltaba el aire. Y cuando pensaba que ya no me hacía gracia, pensaba en ello y venga, a reír de nuevo. Ni sé cuántas veces le pedí perdón a Cedric... y cuando lo hacía me daba la risa otra vez hasta que acabé con dolor de barriga. ¿Se estaría riendo el bebé también?
Menos mal que al día siguiente lo había olvidado, o al menos se esforzaba por intentarlo. Pero yo seguía con mi revolución hormonal. Y los carraspeos de Cedric cuando salía el tema sin duda delataban que si no fuera por el bebé, de por él... Después de todo, su miedo era normal, pese a mis risas. Yo había tenido complicaciones, y ni se me había pasado por la cabeza un posible peligro. Me había cegado la debilidad. Pero nunca en mi vida he conocido un hombre tan convincente, por lo que yo también acabé con miedo y la pasión desapareció... ¿O no?
Malditos calores... ¿Y si le pregunto al médico sobre las relaciones maritales y el embarazo?
Qué vergüenza...
Del diario de Lady Gibberne, a 23 de Octubre de 1889.
¿Tiene algo de malo amarse en todos los sentidos? (y con todos, dicho sea...) ¿Acaso hacemos daño a alguien? ¿Qué gana la iglesia, la política, la SOCIEDAD, con prohibir ciertas cosas cuando estas se hacen por amor, con verdaderos sentimientos, puramente humanos? ¿Hacen algo para ayudar a los marginados, para liberar de muchos sitios (lamentablemente todavía los hay) a los esclavos? Y luego se escandalizan cuando un matrimonio se casa sin conveniencia y porque se ama de verdad, ¿y no se escandalizan si el marido se va con mujeres a tabernas para disfrutar de ese placer que le hace más hombre? ¿Y cuando para la esposa, que le espera en casa, ese placer es enfermedad e indecencia? Y si es ella la que se va con otro porque le ama, es una vergüenza para la sociedad. ¿Qué es más pecado? ¿Amar de verdad con todo lo que conlleva o aparentar que se ama? Vaya, así que las mujeres decentes no se atreven a esperar placer del coito y lo toleran por obligación marital. Pues encerradme, desterradme o volved al siglo XVIII y ponerme una letra escarlata, una P de Pervertida, una I de Indecente, una E de Enferma, en vez de una A de
Adúltera.
(Dios santo, qué desahogo)
¿De verdad yo nací para vivir en esta época? ¿Por qué no podemos liberarnos de esas cadenas que nos atan? ¿Por qué si nos quejamos, disfrutamos o pensamos sin nuestros maridos dándonos razón nos llaman histéricas? ¿Por qué está tan caro el dichoso té con canela?
...
Vale, ahora que os he reblandecido ese corazón puritano duro como la piedra, prosigo a contarlo.
Obviamente, no le pregunté al doctor la relación entre relaciones conyugales y un supuesto daño hacia el bebé. Suena hipócrita y falso, sentimientos nada propios de alguien como yo, pero: me preocupa mi reputación. Por la simple razón de que me gusta que el tendero me mire la cara cuando compro. Y que el doctor me hable, y el sacerdote no me amenace con excomulgarme o con tirarme rezando lo que me queda de vida. Que soy cristiana, y creo en Dios, pero tengo cerebro para hacerlo a mi manera. Después de todo Él me lo ha dado... Que me juzguen si hago daño a alguien, pero no por amar a alguien, gracias.
(Si va a resultar que la filosofía y el escándalo no se me da mal, después de todo)
Pero oh, curiosa la vida que nos da sorpresas, mi terror era infundado. Porque no sé por qué, ni qué hormona o tentación me poseyó en ese momento, que se lo pregunté al doctor. Y para mi sorpresa, nuestro querido doctor Branwell estaba estudiando una polémica disciplina de forma clandestina. Una nueva ciencia llamada sexología que algunos catalogaban de escándalo (que raro) y que otros metían en el grupo de las patologías. Sin duda, el bueno de Branwell es un revolucionario, uno de los que ayudarán a avanzar a este imperio ante los siglos venideros. Sólo espero que no le pillen, o le expulsarán y me tocará otro doctor en mi recta final de embarazo. Me preocupo por él también, por supuesto...
Pues me deleitó con unos conocimientos totalmente nuevos, con unas ideas que pensaba que tenía yo sola (por leer demasiado, dice mi madre). La mujer es un universo por descubrir, su reconocimiento no ha llegado, y sus tabúes son infundados. Y es cristiano, ama a su familia, ama la sociedad pese a todo, y ama a su prójimo. ¿Veis como una cosa no tiene por qué quitar a la otra?
Yo pensaba en los clubes clandestinos y en cientos de caballeros de la alta sociedad disfrutando del pecado más puro por una noche, para volver al día siguiente a su vida con esa sonrisa hipócrita en sus caras, y me sentía más decente que nadie.
Resumiendo: no había peligro para el bebé.
Eso sí, cuando el doctor se fue yo estaba más colorada que mi vestido escarlata y batí mi propio record en velocidad al abanicarme. Cedric, como buen científico, con ese punto conservador pero muy revolucionario, no se escandalizó, aunque entre los dos conseguimos en nuestras mejillas un precioso color rojo escarlata envidia de los pintores impresionistas. Entre el deseo acumulado y mis dos horas que tardé en contárselo por culpa de esa cosa que nos han impuesto llamada moralidad...
Y yo seguía teniendo miedo.
"Querido... ¿Y si se enteran de lo que estamos haciendo todavía, cuando ya hemos logrado el objetivo de procrear?"
"Nadie tiene por qué enterarse. Y si lo hacen, que les zurzan... Amargados"
Lo dicho, ese aire impulsivo e infantil que tiene me encanta.
Bueno, como decía en ese montón de párrafos por los que me pueden condenar al rechazo social ya casi en pleno siglo XX, claro que no hace falta tomarse al pie de la letra ese derecho marital... O sea, que no hace falta saber leer para disfrutar de un libro si alguien puede leértelo... (menos mal que soy buena con las metáforas) Y siempre puedes cambiar el final si no te gusta... o darle un giro al argumento... o cambiar de forma de pensar y abrirte a otras opiniones... y cambiar tu POSTURA...
...
Menos mal que somos los más discretos del barrio.
...
Bueno, al lado de mi hermana todos lo somos. Pero ella no vive en este barrio.
...
Eh... ¡que les zurzan a esos reprimidos! ¡Y a mí por no contar más detalles! Sigo siendo una dama victoriana, lo siento.
...
Y cuando... bueno, cuando seguimos el consejo del médico, descubrimos un mundo totalmente nuevo. No es nada especialmente indecoroso... Vale, lo es, pero en estos tiempos todo es indecoroso. Hasta los tobillos.
No es nada que se haga en esos oscuros clubes. Nada que los griegos o romanos inventaran. Sólo era una forma nueva de amarnos más allá de lo impuesto. Y somos un matrimonio, ¿de qué pueden culparnos? ¿De no apagar las velas? Si ni siquiera nos quitamos nunca la ropa...
Y entonces lo sentí.
"¡OH!"
"¿Qué, qué, qué te pasa? ¿Querida? ¿Te he hecho daño? ¿Es un síncope? ¿Te has quitado el corsé? Ah, pero si hace dos meses que no lo usas... ¿Cariño? ¿Es una disminución de la presión? ¿es lo contrario? Déjame ver tus pupilas... ¿Qué pasa? ¿Por qué no contestas?"
¿Porque no me dejas hablar? Lo dicho, un padrazo...
"El bebé... me ha dado una patada" dije, y me dio por reír.
Se sabe tan poco del ser humano cuando está creciendo en el vientre materno... ¿sentirá lo que siente su madre? ¿Se preocupará por ella y con ella? ¿Oirá la risa de su padre, sus palabras? (no imagino al bebé recitando un teorema, al menos)
Sentimos otra y nos echamos a reír. A veces parece que pese a lo que engordas, no te das cuenta de que crece una vida dentro de ti hasta que esta se manifiesta.
"¿Será profesor, como tú?"
"Solo espero que te quiera como yo"
"Te quiero, Cedric. De eso si pueden acusarme"
Y nos dormimos, con una tierna sonrisa en nuestros labios. ¿Sonreiría también nuestro retoño, que espero llegue a ver un mundo más civilizado que el nuestro?
Del Diario de Lady Gibberne, a 29 de Octubre de 1889.
Er... ¿os he contado ya mi pedida de mano? Seguro que no. No sé si es el embarazo (ahora mi aporte de sangre al cerebro se divide para dos personas... o tres... *traga saliva*), pero ando más despistada que de costumbre, y eso ya es decir demasiado... Menos mal que la doncella hace la siempre compra desde que me han obligado a reposar, o capaz que confundo berenjenas con zanahorias.
Todo empezó un día completamente normal (como siempre suelen empezar las cosas más curiosas). Mi madre y yo tomábamos el té en el salón y el gato dormitaba en la alfombra. El sol brillaba, los niños de la calle gritaban, y un ómnibus pasaba cada quince minutos haciendo vibrar los cristales...
Lo dicho, un día totalmente normal.
Hasta que de repente mi madre, cuando le conté lo que Cedric y yo habíamos visto el día anterior paseando por Bond Street, me hizo una pregunta un tanto peculiar:
"Querida, ¿ya te ha pedido que te cases con él?"
Me atraganté con el té, y las pastas se cayeron al suelo (el gato no tardó en lanzarse sobre ellas; así estaba de gordo, si cada vez que mi madre asustaba a alguien que tomaba el té se ponía las botas...)
"¿Qué?"
"Cedric, Lily... ¿cuándo va a pedir tu mano? ¿Es que vais a seguir prometidos de por vida?"
"¿Prometidos?"
"..."
Me había quedado en blanco. ¿Prometidos? ¿Eso éramos? Hasta el momento del beso en el umbral de mi casa, sólo habíamos salido como dos buenos amigos. Aunque según mi madre, eso era imposible.
"¿¿Amigos?? ¡Un hombre y una mujer no pueden ser amigos, eso es ridículo!"
Le di la razón, pero la razón del tonto. Y con una gran sonrisa, que fastidia más.
Pero mi madre me había planteado algo que hasta el momento, ni siquiera había pasado por mi alocada cabecita.
¿Estaba preparada para casarme? Bueno, una mujer no debía ni planteárselo, así es nuestra época: nacemos para prometernos y casarnos, o si no, nos llaman respetables señoras que viven solas porque no hallaron el amor (o solteronas amargadas que viven en una casa llena de gatos).
Esa tarde fui a ver a mi hermana Claudia (ni pensar quería en qué la había interrumpido cuando me recibió colocándose el moño, con las ropas revueltas, y su marido trastabillando al fondo con la corbata y los tirantes y sonriendo con disimulo). Tomamos té con pastas juntas, y no sé qué pasó por mi cabeza en ese momento (creo que Claudia le pone algo al té, tengo esa sospecha...) que le conté lo que había dicho nuestra madre.
"¿Que no te lo ha pedido todavía? Cariño, ¿estás segura de que... bueno... le atraen las faldas?"
"¡¡Claudia!!"
"Cedric es un hombre muy distinguido, querida" se quedó pensativa "Quizá algo raro... (en eso no podía discutirle) pero un auténtico caballero. Y es tan alto, y esa nariz. Qué tamaño, seguro que no es lo único que tiene tan..." cambió de tema rápidamente, supongo que al ver mi cara de espanto. "Y es inteligente, ¡y es profesor! Profesor, querida... ¿a qué esperas?"
Mi hermana tenía razón, muy a mi pesar. Yo sabía que Cedric me quería, o al menos, mostraba un gran interés por mí.
Había pasado nervios conociendo a mis padres; eso delataba a cualquiera (claro que cualquiera pasa nervios al conocer a mis padres). Me había invitado a su primera conferencia. Había sufrido una innombrable vergüenza al sorprendernos mi madre a solas. Y me había besado bajo las estrellas.
Pero nunca, en ningún momento, pasó por mi cabeza la idea del matrimonio.
¿Y yo? ¿yo le amaba? ¿Realmente quería que Cedric fuera el hombre de mi vida?
Por supuesto. ¿A qué estaba esperando para pedírmelo?
Me parecía encantador... Pero tan despistado...
...
Maldita sea, que fuera siempre el hombre el que diera ese paso...
Dos días después, un domingo, Cedric y yo decidimos ir a tomar la merienda al parque (sí, pudimos volver... aquel incidente tan curioso se había olvidado hace semanas porque pillaron a una pareja sin zapatos en el césped y ella tenía los tobillos desnudos, ahora eran la comidilla de todo el parque). Mi madre había preparado sus deliciosos bollos de pasas (esos que según ella Claudia adora tanto) y yo había hecho mis pinitos con una tarta que no estaba muy mal.
Como si el tiempo adivinara lo que va a pasar, recuerdo pocas veces haber tenido un día tan radiante como aquel. El sol brillaba, pero corría una fresca brisa que no te pegaba la ropa al cuerpo; los pájaros cantaban, tralarí, tralará...
Yo pensaba en lo que mi madre y Claudia me habían dicho, y me preguntaba qué sentiría Cedric. Pero se me había adelantado él solo en cuanto a preocupaciones, o eso parecía. Apenas sacaba las manos de los bolsillos, especialmente del izquierdo. De vez en cuando le veía cerrar los ojos y respirar profundamente. Otras veces parecía demasiado concentrado en pensar algo, aislado del mundo, y de mí también. ¿Qué le pasaba ese día tan radiante donde los pájaros cantaban?
"Lily... Querida..."
"¿Sí?"
Qué serio se había puesto. Qué miedo. Pero en su mirada vi parte de ese brillo que tenía el día en que me besó por primera vez.
"Eh... esto..." me sonrió, pero la sonrisa, aparte de exagerada, era horriblemente falsa "¿Verdad que hace un día estupendo? ¡Ji, ji, ji...! "
Reí ligeramente como respuesta y seguí caminando. Oí un suspiro tembloroso a mis espaldas. Me giré para mirarle; sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la frente, perlada de sudor. Ni sabía que le estaba mirando. Volvió a guardarlo y se tocó la frente, farfullando algo... Arqueé una ceja en un gesto de la más completa extrañeza, y seguí caminando. Volví a girarme. Un momento, ¿se estaba tomando el pulso? Definitivamente, Cedric ese día estaba más raro que nunca, y eso tenía mérito.
"¿Te encuentras bien?" le pregunté, sin poder contenerme al ver que miraba al cielo murmurando Dios sabe qué.
"Claro... ¡Nunca he estado mejor!"
Le hubiera creído si no fuera por el minuto y pico que tardó en decir "claro".
Seguimos caminando, parando de vez en cuando en un banco, o al lado de un árbol. Cedric reía nerviosamente con todo lo que le decía (me da que ni me estaba escuchando...) y continuamente tenía la mirada perdida en el horizonte, como esperando algo... Aquello parecía más grave que una ecuación matemática que no acababa de cuadrarle. Casi parecía como si esperase que alguien fuera a lanzársele encima para matarle.
Finalmente, extendimos la manta al lado del río para comer algo. Yo disfruté la merienda con apetito, pero Cedric ni probó bocado. Clavaba la mirada en la hierba (yo hasta miraba de vez en cuando, pensando que a lo mejor había visto algún bicho interesante, y cuando Cedric me miraba raro volvía a mi sitio) y a veces los labios se le movían levemente, como susurrando. Era la misma cara de concentración que ponía cuando se estaba aprendiendo algo de memoria. ¿Tendría alguna clase importante?
"Lily..."
Me giré para mirarle. Pareció dar un sobresalto. Me cogió de las manos y contuve una exclamación; no había tocado nada tan helado desde la nieve durante el último invierno.
"Verás Lily... Yo... quería decirte algo..." comenzó; parecía estar quedándose sin aliento a cada palabra que decía "Espera, no puedo seguir..." me soltó un momento, atento a otra cosa "Ciento ochenta y cuatro pulsaciones... veintiséis más que en los ensayos... esto no estaba previsto", farfullaba para sí mismo. "Tranquilo, Cedric, a ver... respira hondo... "
Yo miraba a mi alrededor sin apenas mover la cabeza, deseando que ojalá nadie estuviera reparando en nosotros. Finalmente Cedric, tras unas cuantas inspiraciones profundas y aspavientos los cuales no pude evitar que me resultaran cómicos, pareció recuperar el suficiente aliento, y volvió a cogerme de las manos, nervioso, mirándome con los ojos brillantes.
"Yo... Verás... desde que te conozco... cuando te tengo cerca... siento mi órgano asimilador de alimentos repleto de 'Pseudolycaena Marsias'. Cada fibra muscular de mi anatomía se expande; mi músculo cardíaco aumenta sus contracciones y mi masa gris sufre un colapso. Mis alvéolos pulmonares son incapaces de seguir transformando el oxígeno en dióxido de carbono y mis glóbulos rojos se amontonan en las capas cutáneas que rodean mi rostro sobre mis músculos labiales, los cuales se retuercen como si les afectase una temperatura de quince grados bajo cero, y sufro una excesiva secreción sudorípara en la dermis que protege mis manos..."
"..."
Jamás había visto a alguien declararse de una forma tan... ¿científica? Me quedé con cara de tonta. Sólo más adelante lo entendí. Cedric es un encanto, pero lejos de lo científico a veces es como un pez fuera del agua (no solo no sabe desenvolverse, sino que ni puede respirar). Estaba tan nervioso, que sólo pudo hacerlo refugiándose en su ciencia, su terreno, donde se siente seguro ( y aún así, se notaba que sufría de todos esos síntomas...) Ver cómo se esfuerza por ser romántico y tierno lo hace todavía más encantador...
"Oh..." fue lo único que atiné a decir. Me había perdido en la pseudo... en esa cosa que normalmente se llama mariposa.
Entonces Cedric dio un enorme suspiro, como quien se libra de lo peor, y metió la mano en el bolsillo del pantalón (casi no acierta con el agujero de tanto que temblaba). Sacó una pequeña cajita de color granate, que parecía de terciopelo, y me la mostró entre sus manos. Una de las dos se preparaba para abrirla.
Oh cielo santo; oh cielo santo.
Me miró, intentando proferir una sonrisa.
"¿Quieres... te gustaría... querrías... podrías...?"
"¿Sí?..."
Conté como diez sinónimos de querer, pero no dije nada. Mi imaginación se estaba desbordando. Lo sabía, sabía lo que quería pedirme... Contuve un pataleo frenético. Ahora eran mis células las que no efectuaban la combustión de... perdón, quiero decir que apenas podía respirar, y puro nervio, empecé a mover uno de los pies a una velocidad que ni yo esperaba alcanzar.
Cedric cerró los ojos y suspiró tan fuerte que pensé que había cogido aire como para toda una semana. Abrió la caja, y me miró con una sonrisa.
"Lily, ¿quieres casarte conmigo?"
Oh...
Cielos...
Yo veía un anillo dentro de la caja. Sí, era un anillo, no estaba alucinando. ¿Qué tipo de alucinaciones te hacen ver anillos? ¿Tendría fiebre? No. Estaba más bien helada. La piedra era de color violáceo y el anillo de plata. Plata bonita... ¿Cuántas pulsaciones había dicho Cedric antes? Creo que yo había doblado el número. Con razón el pobre no podía ni hablar...
Me dediqué a mirar el anillo, boquiabierta. Abrí la boca, la cerré... Parpadeé... Otra vez abrí la boca... No sabía ni qué decir. Y no dije nada, solo miré a Cedric (que me suplicaba una respuesta con la mirada, sin duda, sus ojos parecían decir "Dime que sí, o dime que no, PERO DIME ALGO"), proferí unos grititos que parecían risitas y le abracé con fuerza. Él me devolvió el abrazo, riendo de puro alivio, más contento y satisfecho que cuando descubre una fórmula (eso era todo un honor). Los dos reíamos como tontuelos. ¿Y quién de los dos era el que temblaba tanto, él o yo?
Y nos dimos un beso. A él nunca lo había visto tan radiante), y yo tenía lágrimas en los ojos. ¿Nos miraba todo el mundo? ¡Me daba igual! ¡Que mirasen! ¡Íbamos a casarnos! Ya podíamos darnos un beso en el parque, ¿no?...
Del diario de Lady Gibberne, a 2 de octubre de 1889.
En nuestra época, exagerada como ella sola, se tiende a creer firmemente que el matrimonio tiene como primer, último y único fin la procreación; bueno, probablemente también más de la mitad de la historia de nuestro mundo ha sido exagerada de boca en boca de las damas o por la pluma de los más dramáticos literatos. Por eso, ahora, en mi cercano quinto mes de embarazo y con un té calentito al lado, escribo estas líneas como un enorme desahogo para mí. Haberme quedado embarazada no suponía solo una enorme alegría para Cedric y para mí como matrimonio y futuros padres, sino el haberme quitado encima la enorme carga social que llevaba arrastrando desde hacía casi 10 años...
Sí, 10 años. Pero los problemas ya empezaron apenas dos años después de habernos casado, ¡sólo dos! A esas alturas en que un matrimonio apenas empieza a conocerse, a mucha gente le costaba creer que siguiésemos tan enamorados como el primer día sin tener hijos. ¿Veis lo que decía de esas estúpidas creencias sobre el matrimonio? En vez de admirar a una pareja que lleva años casada pese a no poder tener descendencia, la gente tiende a rechazarlos o convertirlos en la comidilla social de esas reuniones de los sábados por la tarde. Algo me dice que las memeces sociales que dificultan nuestro desarrollo como personas no se irán ni cuando estemos en ese lejano siglo XX del que yo sólo veré la mitad.
Pasó nuestro primer año de matrimonio. Mi madre, como todas las madres, me preguntaba cada día si estaba tomando tal infusión, si estaba haciendo lo correcto, si... vamos, cosas que a Cedric, de haberlas oído, le hubieran espantado sobremanera, pero que sin embargo formaban parte de la vida diaria y normal de mi hermana (las malas lenguas dicen que tiene un extraño libro hindú llamado "Kimasutra", o algo así, bajo el colchón). Mi madre me hablaba tan bajito que yo tenía que acercarme, y si le pedía que hablara más alto se comportaba como si Scotland Yard estuviera esperando en la puerta para acusarla de asesinato.
Esas prisas de mi madre por otro nieto venían sin duda de la maldición de toda hermana menor: que tus hermanos te adelanten en todo. Mi hermano llevaba casado y siendo padre desde que yo era apenas una niña de 14 años, y mi hermana había alumbrado a Harold en su primer año de matrimonio, y apenas un año antes de casarme yo (sospechosamente, yo, torpe en las matemáticas pero rápida en las aproximaciones, supe de inmediato que desde el matrimonio al alumbramiento contaban exactamente dos meses y medio menos de lo habitual... El médico dijo que a veces los partos se adelantan, especialmente en las primerizas, pero su tono de voz y sus continuos carraspeos hablaban de "escándalo social encubierto". Ahora entiendo esa prisa por casarse de mi hermana... "¿por que nos amamos y no podemos esperar?" y un cuerno) Y yo, que ya llevaba casi tres años casada, nada de nada. Y que conste que no era por no intentarlo... Esto me suena de otro episodio.
Pocos días después, mi hermana apareció en casa con un regalo: un precioso gato blanco en una cestita.
"Probablemente este será el único hijo que tengáis, adorada hermana" me susurró al oído para luego proferir esa encantadora risita suya. Reí falsamente su gracia y por aparentar. Pero mi cerebro, que piensa por sí solo, me imaginó pegándole a Claudia la mayor bofetada de su vida, y mi sonrisa se volvió totalmente sincera.
Pero mal que me pesara, tenía razón. Algo triste pero muy real en esta época es el enorme apego de un hombre por su profesión, y yo, como buena esposa, jamás podía entrometerme. Sólo sentarme y esperar, mirando al techo o perdida entre las páginas de un libro. Por las noches mi querido Cedric venía demasiado falto de energías como para intentar nada. Jamás dejaba de mirarme con esos ojillos y de sonreírme con amor, pero vamos, que muy pocas veces una cosa llevaba a la otra. Éramos casi un fenómeno social: una pareja que no consuma el matrimonio por obligación, sino cuando le apetece. Era tan común como un hombre de las cavernas que escribiera libros.
Pero como dije, la realidad era la realidad. Tres años eran muchos años, y en mí ya empezaba a despertarse esa ansia por ser madre, esa extraña sensación cálida que llena a una de nostalgia y alegría a la vez y que la hace sonreír como una tonta cuando ve un bebé en la calle de brazos de su madre, o mirándote desde un carrito. Cuando un día Cedric y yo charlábamos en el sofá, le miré a los ojos, tan nerviosa como en el momento del "Sí, quiero", y le dije balbuceando:
"Cedric... Querido... Mi madre dice que... yo... Bueno... tres años..."
Me miró con la misma cara de concentración de cuando miraba sus fórmulas en la pizarra. Sin duda, mis palabras eran más difíciles de descifrar que la fórmula completa del nitrato de potasio. Pero no hizo ni falta explicarle nada. Nos dimos un tierno beso, como los de nuestra época de novios. Bueno, el caso es que nos pusimos románticos, y no era plan de que la doncella llegara de hacer la compra y nos pillara en el sofá... ya sabéis cómo. Rápidamente, como dos jovenzuelos, como si temiéramos que nos pillaran pese a estar completamente solos en casa, nos dirigimos a nuestra alcoba. No sé si fueron los nervios, pero el caso es que al llegar allí y oler mis sábanas almidonadas y mi mullido colchón de plumas, me quedé dormida. Qué desastre...
Dos días después y olvidado el vergonzoso suceso, Cedric había llegado tan agotado de la universidad que el simple hecho de pensar en levantar todos aquellas pesadas ropas le hizo bostezar. Sobran las palabras.
En otra de esas noches de intentos, concretamente un sábado en que no había nada interesante en el teatro, cometimos el enorme error de acomodarnos el uno al lado del otro en el sofá y al calorcito de la hoguera, apoyando mi cabeza en su pecho mientras me acariciaba el pelo, sabiendo que eso para mí es como una nana para un recién nacido. Juraría que oí un suspiro de resignación en sueños.
Un día en que Cedric se había marchado a la universidad con una ligera jaqueca, volvió por la noche con las mejillas tan arreboladas que yo pensé algo un poco impuro (pero siento decir que no me arrepiento). Le sonreí con picardía, él me sonrió con el mismo sentimiento y se dejó caer a mi lado en la cama. Parecía que estuviera sofocado y le costaba respirar.
"Cariño, ¿tú no tienes calor"
No sé que es eso que me entra cuando me dice eso, pero me encanta.
Cuando iba a darme un beso, algo le hizo retroceder; se había puesto blanco como la pared de la alcoba que no está empapelada con florecillas, y corrió al baño a vomitar. Cuando volvió a la cama, estaba ardiendo de fiebre. Estuvo una semana sin acudir a la universidad, presa de una de esas terribles fiebres del invierno. ¿Qué estaba en nuestra contra, cielo santo, que?
(estaré encantada de recordar este momento en otro episodio... ¿qué hace una humilde dama por un esposo enfermo? Como todo en nuestra casa, fue una semana muy extraña...)
Al ya séptimo (creo, dejé de contar la noche que se nos vino el dosel de la cama encima apenas me había quitado las medias) intento en dos meses, hubo un fallo en la instalación de gas y nos quedamos sin luz. Tuvimos que desalojar la habitación mientras lo arreglaban si no queríamos envenenarnos o que todo se prendiera en llamas. Ya habíamos perdido la cuenta de los intentos fallidos.
Y bueno, como no todo son accidentes, desgracias, descuidos o enfermedades, hubo finalmente una preciosa noche en que las estrellas brillaban con más fulgor que nunca y una preciosa luna llena hacía que las farolas de Londres parecieran velas... (¿se nota que encubro con metáforas una romántica noche de pasión?). Pero ese mes caí enferma, con los dolores de siempre y el más que certero convencimiento de que una vez más habíamos fallado.
Los matrimonios que han tenido suerte su primer año de casados piensan que solo hay que dejarse caer en el lecho y... bueno, concebir. Qué fácil es para ellos. Se nota que saben poco sobre la fisiología humana. De los miles de factores que los médicos de hoy día rehuyen por estar relacionados con... ciertas intimidades femeninas. Y Cedric, que pese a ser un encanto sigue siendo un hombre, jamás, jamás de los jamases puso en duda su valía masculina (se me vuelve a entender sin tener que meterme en engorrosas explicaciones, ¿verdad?) Llegamos a temer que yo tuviera problemas, que algo en mi cuerpo me impidiera tener hijos, pero nada en la historia de mi familia (mi abuela había sido madre de ¡10 hijos! y tres de ellos parejas de gemelos) o en mi salud, que siempre había sido fuerte, decía lo contrario. Llegamos a la conclusión de que, pese a la enorme presión social, era mejor olvidar el asunto y dejar que llegara por sí solo... Que dependía más de la casualidad y del amor entre ambos, que de las infusiones estimulantes, las posturas, los días del mes, las fases de la luna y del resto de cuentos de nuestras abuelas.
Y esa mente humana que a mi marido tanto le fascina a nivel físico y a mí en el resto, nos demostró el enorme papel que juega en la pasión de un matrimonio. Hace ahora exactamente 146 días, si mi poder de aproximación no falla, nos amamos sin obligación, sin manías ni tontas costumbres victorianas, sin pensar en hijos, sin importarnos lo que la vecina dijera de esos diez años. Y ahora, mientras escribo estas líneas, a cada día que pasa está más cercano el momento en que un hijo o hija aparezca y alegre nuestra vida.
Quizá leer este episodio de mi vida suponga un escándalo en esta época en que la gente primero se escandaliza ante sus amigos y luego compra novelas subidas de tono en mercados clandestinos. Supongo que nadie nunca leerá este diario, así que tampoco creo que importe mucho. Si algún día el bueno de Cedric llega a enterarse, se limitará a comportarse como un jovenzuelo avergonzado ante su primera experiencia en el amor. Como ese día que en medio de una fiesta en casa, con una copa de vino de más, dije ciertas cosas delante de mis amigas. Cedric estuvo una semana sin apenas hablarme y poniéndose como un tomate cada vez que me miraba o aparecía por la universidad a buscarle.
Y yo que ni recuerdo lo que dije...
¿Por qué me vienen a la cabeza como en sueños las cositas que me dice cuando estamos en nuestro lecho?
Del diario de Lady Gibberne, a 2 de octubre de 1889.
Ya sé que solo hace una tarde que no escribo, pero puesto que el embarazo y las visitas continuas de mi madre no me dejan demasiado tiempo para salir y sí muchísimo tiempo libre, me temo que escribiré muy a menudo en este grueso diario de tapas aterciopeladas que Crystal me regaló en mi boda y que no he estrené hasta diez años después... Quizá resulte aburrido cómo pasa una dama una semana con su marido resfriado. Un resfriado, ¿y qué? Bueno, si habéis leído mi diario, sabréis que todo lo que ocurre en esta casita de la avenida Sandgate no es precisamente normal, incluyendo las cosas más triviales o comunes, como tener un hijo o hacer la compra. Lamento si creo bostezos o poca gracia, total, seguro que nadie leerá este diario. Dentro de muchos años no será más que un libro de hojas amarillentas, tapas roídas y tinta emborronada.
A lo que iba. Como dije la última vez que escribí, hace unos cinco años Cedric cayó enfermo con una de esas fiebres tan comunes de esa época del año. Se acercaba la navidad de 1884 y el invierno pintaba terriblemente frío y largo. Como dije igualmente, Cedric llegó una noche de la universidad, y cuando íbamos a cumplir una de las leyes del matrimonio en busca del deseado hijo, cayó enfermo de repente (cielo santo, eso ha sonado a excusa barata).
Pensando que una noche de reparador descanso le sentaría bien, lo olvidamos, y despertó al día siguiente a la hora acostumbrada para ir a la universidad. Ni siquiera desayunó, y ni me dejó comprobar si tenía fiebre, probablemente porque sabía que la tenía. Este hombre no dejaría su trabajo ni aunque tuviera la peste bubónica (uno de los gérmenes que guarda en su laboratorio de la universidad y de los que está tan orgulloso).
"No es nada, querida. Tengo que ir a ..."
Estornudó, tres veces seguidas, y tosió otras siete.
"Cedric, es mejor que avises de que hoy no vas"
"Lily, cariño, si estoy bien, solo es un enfriamiento..."
Cabezota como pocos, me sonrió, me dio un beso y salió por la puerta. Llegué justo a tiempo para que no se desplomara en la hierba de la entrada.
"Pues ese enfriamiento debe ser como el centro del polo norte un 25 de diciembre" le dije no sin un cierto enfado.
Le acompañé a la cama (estaba tan débil que caminé yo por él, con sus consecuencias lumbares) y cuando se tumbó le quité los zapatos y la chaqueta. Cedric suspiró pesadamente y cerró los ojos.
"Pero querida... Odio estar todo el día en cama..."
"Pues mejor que lo pases si no quieres estar un mes en el hospital con una pulmonía"
A veces soy como mi madre, cielo santo, qué miedo.
Pero Cedric no me había oído. Al hablarme, su voz había bajado de tono hasta ser un murmullo para apagarse luego. Ahora estaba profundamente dormido. La doncella no estaba, por lo que la cama estaba aún deshecha, y aproveché para taparle. Me hubiese quedado horas mirándole embobada como cuando tenía insomnio, pero había cosas que hacer. Anastasia, la doncella, había ido a hacer la compra, así que las camas no estaban hechas como dije, y como hacía cuando no teníamos doncella (o cuando me aburría... lo sé, es triste) me puse a hacer las tareas del hogar.
Cuando llegó Anastasia, se sorprendió de verlo todo hecho y ver al señor durmiendo (lo típico, vamos a ver cuándo entiende esta chica que no es solo nuestra criada, sino nuestra amiga). Se lo expliqué todo, y entonces ella me contó lo que había oído en el mercado.
"Ya estamos en invierno, señora,y me temo que se acercan las fiebres. El tendero tiene a su mujer en cama, y la señora Lobss tiene a sus tres hijos enfermos. Espero que no haga mucho frío este año o medio Londres caerá enfermo"
Ya le había tocado a Cedric, pero yo estaba tranquila. Unas fiebres eran algo muy común en invierno. Hasta yo las había tenido alguna vez mientras estábamos casados, y además, de jovenzuela, era la encargada de cuidar a quien cayese enfermo en casa (mi hermana casi nunca estaba en su casa, ni quiero saber por qué, y mi hermano estaba demasiado ocupado con su trabajo). Pero al día siguiente por la tarde, cuando le dije a Cedric que la doncella, sin querer, había roto dos de sus frascos al limpiar el laboratorio y él se limitó a mirarme y a reírse escandalosamente (cuando normalmente hacía presa de él una furia que no iba con su personalidad, y como todo un caballero se limitaba a mirar mal a la pobre de Anastasia en vez de abroncarla), me sentí más asustada que nunca en mi vida.
Sin demora mandé a Anastasia a buscar al doctor Branwell (que por cierto, es quien me atenderá en el momento de dar a luz). Hubiera ido yo misma, pero temía que a Cedric le diera por ponerse a descubrir la fórmula de la invisibilidad, dada la fiebre que tenía. Mientras llegaba la doncella, Cedric empezó a decir cosas sin sentido sobre fórmulas, historias y contando las intimidades de los profesores de la universidad (omitiré esa parte, no soy una cotilla... Pero mira que pillar el profesor Reginald a su mujer jugando al póker...). Y de repente parecía un doctor enumerando los síntomas de un resfriado.
"Son las fiebres del invierno..." tosió de nuevo "El frío las trae consigo del norte. Como las que mataron a tanta gente en 1847. O quizá las he cogido en la universidad, creo que tenemos una cepa... O quizá sea alguna de esas enfermedades tropicales que no hemos estudiado. Quizá el bueno de Whitaker cerró mal uno de los cultivos. A lo mejor me muero, o te contagio a ti, o provocó una plaga en todo Londres... ¿Acaso piensas que esa niebla que siempre hay en la ciudad ES niebla?" se echó a reír como si le hubieran contado un chiste macabro en la taberna, y detrás del ataque de risa vino otro de tos. Yo estaba espantada
"Querido, mejor que te eches a dormir, creo que estás delirando"
¿Creo?
Por un instante pensé que me había hecho caso. Se quedó muy callado, recobrando el aliento como si de repente hubiera despertado de ese extraño delirio apocalíptico en que estaba metido. Me levanté para ir a la cocina buscar agua fría (helada si era posible...) y unos paños. De repente, Cedric me cogió por la muñeca. Se había incorporado sobre los codos y me miraba con un brillo de picardía en los ojos que no veía desde la noche de bodas.
"Dicen que para la fiebre es muy bueno sudar... ¿quieres ayudarme?"
¿Este hombre tenía fiebre o había bebido suero de la verdad en vez de aceite de espliego con tanaceto?
"Cedric por todos los cielos, ahora no, el doctor está a punto de llegar..."
"¿Y no prefieres al doctor amor, querida?"
Oh, cielo santo, esa sensación de nuevo no... Siempre me impide reaccionar, hablar y apartarme cuando me está besando, o me toca el pelo, o me desabotona la blusa y me toca levemente el corsé... ¿Qué es eso que me está rozando la cadera? (¡¡!!)
Y ocurrió lo que más me temía. ¿Sabéis ese momento de terror en suspenso cuando te pillan en un momento embarazoso, que es como si se te detuviera el corazón a la vez que parece que te derramen cera ardiendo por la nuca? Pues me sentí así.
"¿Interrumpo?"
Miré hacia la puerta colocándome la blusa y vi al doctor mirándome por encima de sus gafas de carey. Anastasia se cubría los ojos y se esforzaba en darse la vuelta sin parecer que huía de nosotros o que había quedado a la altura del betún barato. Me bajé de la cama; aterrorizada, me había dado cuenta de que la falda se me había subido hasta las rodillas y se veía de mis piernas más de lo necesario (que normalmente eran las botas hasta el empeine). Estaba el doble de ruborizada que Cedric con sus casi 40 de fiebre.
No se si el muy... sabía que venía el doctor, pero de repente se comportaba como un auténtico enfermo, como si nunca hubiera dicho todas aquellas barbaridades (yo aún estaba acalorada de oír las últimas...). Pero me convencí de que realmente no estaba fingiendo. Estaba tan desconcertado como si acabara de despertar de una pesadilla y tosía tanto que no podía respirar. Lo que es la fiebre... La de barbaridades que diría mi hermana si alguna vez enferma...
Tiemblo de pensarlo. Me da más miedo que la epidemia.
El médico, gran amigo nuestro, me dejó quedarme en la habitación al ver mi expresión sombría y preocupadísima (que en realidad era de pánico por la historia de la epidemia que se extendería por Londres... y por los delirios de mi hermana, que pronosticarían el fin de los Chamberlain para siempre). Así que mientras le examinaba y tomaba el pulso y demás oficios médicos, me mantuve ausente y mi cerebro empezó a soñar despierto con catástrofes y pandemias, y la voz de la reina Victoria...
Damas y caballeros, estimado Imperio, Londres pasa su crisis más grave desde...
La voz del doctor me sobresaltó.
"No hay nada de qué preocuparse, querida. Otro caso de enfriamiento... Ya he atendido cinco casos hoy. Mañana seguro que no podré atender ninguno más porque estaré enfermo" se echó a reír. "No es grave mientras la fiebre no le suba mucho más"
Más no, por favor, o igual planea una forma de acabar con el Imperio.
"Por su cara, querida, diría que el bueno de Cedric ha dicho alguna barbaridad mientras deliraba. No se asuste. Le he puesto una inyección y dormirá mejor"
Eso porque no le ha oído hablar, pensé. Le sonreí, a pesar de todo.
"Gracias, doctor"
Cedric no quiso comer, pero en uno de sus pocos momentos de vigilia accedió a tomar un poco de caldo. Me quedé toda la tarde a su lado, sentada en una silla y leyendo un libro (del que apenas recuerdo nada), sin separarme de él. Dormía profundamente, pero a veces tenía sueños inquietos y gemía. En esos momentos, le cogía de la mano con fuerza hasta que se le pasaba. Temblaba y estaba empapado en sudor. Le notaba temblar bajo mi mano, y tenía la piel tan caliente... Las mejillas tan arreboladas...Y jadeaba, y gemía en sueños... Por todos los cielos, deja de gemir de esa manera.
De repente me entró un calor sofocante, pese a que afuera debía haber como cinco grados bajo cero.
Maldito cerebro. Te odio.
Me di un baño con agua helada. Que le zurzan al invierno, pensé.
Cuando amaneció, Anastasia me encontró en la silla con la cabeza tan pegada al libro que parecía una miope intentando leer. Me había quedado dormida. Creo que cuando me despertó manoteé hasta que tiré el libro y dije algo así como "aleja esa niebla de mí", pero no lo recuerdo claramente.
Y Cedric seguía enfermo. Al día siguiente le bajó la fiebre, pero durmió mucho más que el primero. Esa noche, por fin abrió los ojos y me miró.
"¿Cuánto tiempo he dormido?" gimió "Cómo me duele la cabeza... ¿Querida? ¿Ha pasado algo?"
Como toda respuesta le acaricié el pelo. Qué sonrojaditas tenía todavía las mejillas...
...
Piensa en otra cosa, piensa en otra cosa...
"Oh mira, una mariposa..."
Dos días después, Cedric pudo levantarse de la cama, aunque apenas podía andar. Las fiebres le habían cogido bien ese invierno...
Me enteré de que los hijos de la señora Lobbs ya iban al colegio, y que a la mujer del tendero la tuvieron que meter en el hospital. Y yo, como siempre, ni estornudé.
Cedric estaba como nuevo pasada una semana y media, que fue cuando volvió a la universidad. Descubrió que cuando estaba enfermo, apenas habían acudido profesores y científicos, y que más de uno había tenido que volverse a casa presa de una fiebre altísima.
"Después de todo, la niebla de Londres no es niebla..." le dije.
Me reí como una loca ante la mirada de extrañeza de Cedric
Del diario de Lady Gibberne, a 16 de Octubre de 1889.
Hay algo muy especial en Cedric. Ese algo que me hizo enamorarme de él cuando aún no tenía un futuro asegurado como profesor ni científico, ni una prestigiosa familia, ni nada que haga suspirar a las damas. Pero era y sigue siendo un cielo, tan peculiar, tan excéntrico, que roza lo adorable. Su tímida sonrisa, sus ojillos castaños, cómo se tiñen sus mejillas de rubor cuando vacila.
Ya he relatado anteriormente cómo nos conocimos, y la primera impresión de mi familia. Pero hay muchísimos otros recuerdos que no he contado todavía, y que sin duda amenizarán mis tardes de embarazo ante este diario, mi taza de té con canela y una gota de leche dulce, mi bote de tinta y mi pluma. Como nuestro tiempo de novios. Ah, qué sería de esta época sin el cortejo, sin los pretendientes. Yo solo tuve uno, y con ese me quedé (mi hermana es otro cantar, perdimos la cuenta cuando yo tenía unos quince años y ella ya había tenido cuatro prometidos... y cinco pretendientes por cada prometido).
Hoy he recordado esos primeros días de pasear por el parque charlando, la primera vez que cogió mi mano, y finalmente, el momento del primer beso. Que dicen que nunca se olvida y jamás se vuelve a repetir (lógicamente, ya que es el primero, las propias leyes matemáticas lo... maldita sea, ¿por qué me obligaría el aburrimiento a mirar los libros de Cedric?). Pero a ese primer beso, lo acompañó uno de los peores días de mi vida. ¿No es contradictorio? Apenas unos meses después de conocernos, pensé que perdería a Cedric para siempre. Y todo por culpa de la sociedad y unas inocentes estrellas.
Todo empezó una soleada tarde de mayo. Cedric y yo teníamos una cita con nuestra afición favorita: un paseo por el parque. Me puse mi mejor vestido: uno rojo pálido, con canesú, de faldas largas y anchas; até mi lazo favorito en el pelo y me puse un precioso broche dorado en el cuello.
Él pasó a buscarme a media tarde. Estaba radiante; llevaba al cuello ese pañuelo que le quedaba tan bien, y esa elegantísima levita gris azulada. Un precioso ramo de rosas ocultó su rostro cuando abrí la puerta.
"Estas rosas son para ti. Les he puesto algo de mi invención para que se conserven más tiempo"
No se equivocaba y duraron meses, aunque antes de marchitarse no olían precisamente como rosas.
Llegamos al parque cogidos pudorosamente del brazo. Tras un paseo y una deliciosa conversación, nos sentamos en la hierba. Al rato, Cedric se tumbó con las manos en la nuca, mirando al cielo. Yo alcé la vista. Las nubes, allá arriba, paseaban lentamente por un cielo de un azul radiante. El agradable calor del sol me amodorró, y me dejé caer al lado de Cedric. Cerré los ojos con un suspiro, y al darme la vuelta me topé con el pelo rizado de Cedric. Su pelo siempre olía tan bien; a su colonia favorita, y bueno, un poco a algún producto químico, pero tampoco importa. Dejé caer mi cabeza hasta la solapa de su chaqueta, y él inclinó levemente la suya hasta rozar mi pelo con el mentón. Su aliento acariciaba mi pelo como la agradable brisa del atardecer. Encontré el latido de su corazón, tan firme y sosegado, mientras que el mío emprendía su acostumbrado galope. Pero igual que un cachorrito asustado que duerme junto a su madre, aquel sonido tan cálido me sumió en una profunda tranquilidad. Por un tiempo que me pareció eterno me sentí en el paraíso...
De repente, con la risa de un niño, la realidad me golpeó y me invadió una apremiante sensación de miedo. ¿Estaba bien aquello que estábamos haciendo? Una vez mi madre castigó a Claudia porque se extendió el rumor de que había abrazado a su prometido en el parque, rodeados de gente. Yo no le estaba abrazando, pero estaba tan cerca de él... Y a hora punta. Sentí cientos de miradas clavadas en mi nuca, en mis ojos semicerrados, en mis tobillos (la falda se me sube cuando me acuesto, no lo puedo evitar). Estábamos montando un escándalo sin ni siquiera tocarnos. Que no aparezca un guardia, que no aparezca un guardia... Ya podía oír su voz severa...
¡¡¡Queda detenida por estropear el césped del parque, saltarse el té de las cinco, ejercer la medicina sin permiso auscultando al que es su prometido desde hace apenas dos meses y descuidarse la falda, que se le ha visto el empeine de la bota!!! ¡¡¡Y usted, por dejarla!!!Decida, señorita: la cárcel, el destierro o el rechazo social. O le podemos poner una multa... una guinea por cada latido que ha escuchado y un penique por cada milímetro de bota que no debería habérsele visto... ¡Y usted, señor, será expulsado del Imperial College!
"¿Querida?"
Abrí los ojos como quien despierta de una pesadilla. De repente me entró frío, y el reconfortante sonido de su corazón ahora no hacía sino incomodarme. ¿O era el mío el que estaba escuchando? Me senté y le miré; él empezaba a incorporarse.
"Cedric... ¿y si nos vamos? No me encuentro muy bien"
"Claro..."
Nos pusimos en pie y nos acomodamos la ropa. Cedric no se dio cuenta, pero yo vi a una pareja que se alejaba de nosotros como si tuviéramos la peste. Yo estaba deseando que me tragara la tierra. Me agarraba al brazo de Cedric como una niña asustada de la mano de su padre. Y de repente me solté; me estaba pegando tanto a su ropa que desaté otro murmullo por parte de una señora. No había ninguna ley que prohibiera estrujar una sombrilla, así que lo hice.
"Lily, ¿por qué nos mira todo el mundo?" me susurró Cedric. "Vaya, tenía razón mi padre cuando me decía que esta nariz llamaría la atención... "
A una niña se le estrelló el aro con el que jugaba a los pies de Cedric. Él le sonrió y le dio el juguete... y apareció su madre. La mujer se llevó a esa pobre e inocente niña, que todavía no tenía la mente corrompida por las enseñanzas de los adultos, como quien se aleja del lugar de un crimen espantoso. La niña todavía nos sonreía. Y yo sentí que se me revolvía el estómago.
Me pareció mentira que por fin saliéramos del parque. En ese mismo momento entraba un guardia. Cedric le saludó educadamente y yo le dediqué una sonrisa nerviosa. Había ido por un pelo. Pero, ¿y si alguien se lo decía? Me acerqué a Cedric y le susurré una pregunta con una voz que parecía la de un criminal que intentase escapar.
"¿Podemos ir a un sitio donde no haya nadie?"
"Lily, ¿te encuentras bien?"
"No es nada"
Pobre (o afortunado) Cedric, ni se había dado cuenta.
"Bueno, al menos, déjame que te acompañe a casa"
"Está bien" le di un beso en la mejilla.
La tranquila noche cayó sobre Londres mientras regresábamos lentamente a mi casa. Ya casi había olvidado a las gentes del parque. ¿Nos dejarían volver algún día? No importaba. Ahora no había nadie por la calle. Las luces apagadas de mi casa me revelaron que mis padres no habían regresado de su visita. Cedric me dejó en el umbral, y nos miramos a los ojos.
"Ha sido una tarde preciosa, Cedric, muchas gracias" dije, intentando disimular el mal rato que había estropeado mi felicidad.
Subí dos escalones, y de repente, sentí la mano de Cedric que me cogía por el brazo.
Y me besó.
No se puede describir el primer beso. Pero como he dicho, es único, y nunca se olvida. Cuando nos separamos, las piernas me temblaban tanto que sentí ganas de sentarme. Pero era un mareo delicioso. Y él se sentía igual. Lo supe por cómo sus ojos intentaban huir de los míos a la vez que se esforzaban por encontrarlos. Confusión, amor, todo a la vez. Soltó una risita y bajó la escalera hacia atrás, hasta dar con el suelo. Yo le sonreí, pero mi sonrisa apenas podía expresar mi enorme felicidad.
Él suspiró, radiante, y miró al cielo.
"Las estrellas... lucen tan bonitas esta noche..."
"Desde el jardín de atrás se ven mejor"
No sé por qué dije eso. Pero por mi cabeza, no pasaba ningún pensamiento especialmente atrevido. Solo quería repetir lo del parque. Yacer junto a él en la hierba fragante, sentir su calidez, su suave aliento.
"Bueno, todavía es muy temprano" me dijo él.
Y cogidos de la mano, fuimos al jardín de atrás. El gato dormitaba sobre una silla. Durante un rato, sentados en el césped, intentamos distinguir las constelaciones. Vimos Orión, la Osa mayor, el planeta Venus, la estrella Betelgeuse... y Cedric se jactaba de acabar de descubrir una nueva.
"Esta allí, ¿no la ves? Esa que brilla tanto. Y la voy a llamar Lily. Como tú"
Solté una risita. Me acarició la cara, y nos tumbamos en el césped. Desviamos la vista hacia las estrellas durante un rato, y luego, apoyé mi cabeza sobre su pecho. Era tan feliz...
"¡¡¡Lily!!!"
Cedric dio tal sobresalto al incorporarse que todavía me duele el recordar el chichón que me hice al golpearme con su mentón. Mi madre nos miraba desde la puerta trasera, con una expresión de horror en la cara y apretando sus faldas entre las manos. Claudia, a su lado, sonreía pícaramente.
"¡Querida hermana! ¡Qué escándalo!" exclamó, y por un momento sentí deseos de abrir la puerta con su cabeza. Al menos no habían aparecido media ahora antes.
"Mamá, por favor... Puedo explicarlo..."
"¿Explicar? ¿Qué me vas a explicar, que he pillado a mi hija en el jardín de atrás con un hombre? ¡Señor Gibberne! Le veía a usted como a todo un caballero"
Cedric se había puesto tan pálido como el estucado de mis paredes, pero sus mejillas estaban rojas.
"Señora Chamberlain, yo..."
"Ahórrese las explicaciones, señor Gibberne..." dijo esto con un tono que hizo que ese leve tinte rosado de sus mejillas se pusiera tan blanco como el resto de su cara "Lily, tengo que hablar muy seriamente contigo, señorita"
Y olvidándose de Cedric y de las risitas estúpidas de Claudia (un día la voy a... un día... respira, Lily...), mi madre me llevó adentro.
Cuántas cosas pasaron por mi cabeza en ese momento. Me veía en un convento haciendo pastelitos de almendra a las seis de la mañana. Me veía sola y amargada en la casa de mi tía abuela en Escocia, mirando las olas golpear contra el acantilado y paseando a un perro enano que parecía ladrar en vez de respirar. Me preocupaba nuestro futuro. Y sobre todo, me preocupaba haber dejado a Cedric a solas con Claudia en un lugar tan lleno de hierba.
"Lily, no me esperaba esto de ti..." hizo un gesto de repulsión "Tan juntos, con vuestras cabezas rozándose, y ese brillo en los ojos... Tu padre y yo ni nos dábamos la mano antes de casarnos... ¡Deberías tomar ejemplo de tu hermana Claudia! Tan recatada, tan sencilla, que esperó al matrimonio para hacer cualquier cosa"
Pese al terror que sentía en ese momento, tuve que morderme la lengua tan fuerte para reprimir una carcajada que noté el sabor de la sangre. Y la dejé salir; una frase pareció escapar de mi mente en vez de mis labios.
"Mama, ¿no te has preguntado nunca por qué no le servía de cintura el vestido de novia que se había comprado tres meses atrás?"
Mi madre palideció terriblemente.
"Ya sabes cuánto adora Claudia mis pasteles de pasas"
"¿La misma Claudia que no se comía los bombones que le regalaba su por entonces prometido porque decía que se le acumulaban en las caderas?"
Veía llegar el bofetón; ya casi sentía el dolor ardiente en la mejilla. Pero no pasó nada. Tampoco se puso a fingir que le entraba jaqueca, o a canturrear. Así que seguí; soy así de impulsiva.
"Cedric es un buen hombre. Le quiero, mamá. Pero no hemos hecho nada malo. ¿Tiene algún pecado mirar las estrellas juntos, lejos de esos malditos hipócritas del parque que se escandalizan de ver una pareja enamorada, y no de ver un niño muriéndose de hambre en la calle? No quiero ser la esposa en un matrimonio amargado que apenas se llama por su nombre el día que se van a vivir juntos"
Cerré los ojos. Me quedé callada, conteniendo el aliento y esperando el bofetón. Pero de nuevo, no pasó nada. No estaba cegada por mi miedo: era pena lo que veía en los ojos de mi madre. Se acercó a mí; me mesó el pelo como cuando era una niña, y me cogió de las manos. No hizo falta que dijera nada; yo lo sabía todo. Mi madre era una víctima más de la sociedad. Podría ser que mi madre dijera aquello para no ensuciarse más las manos, pero en sus palabras, había completa sinceridad.
"Está bien. Olvidemos este asunto, querida hija. Tampoco le diré nada a tu padre... por esta vez" concluyó con una sonrisa pícara.
¿A papá? Eso no me preocupaba. Normalmente, él fingía que escuchaba a mi madre. Y todavía podría jurar que carraspeó el día en que Claudia aseguró ante los testigos y la iglesia que se casaba por propia voluntad y sin otros motivos de fuerza mayor.
"Dile a Cedric que está invitado a cenar" me dijo mi madre con una sonrisa.
Y sin saber por qué, la abracé. Mi madre es demasiado buena. Sí, lo es, pese a todo...
Anabel
(Harry Potter)
FICHA (próximamente) 1- Una Noche de Luna Llena 2- Anabel Descubre que es una Bruja 3- En el Callejón Diagón 4- El Andén y el Expreso 5- Llegada a Hogwarts
La Emperatriz y la Reina
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(Harry Potter) FICHA 1- Lazos Rotos
Corazón de Hobbit
(El Señor de los Anillos)
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Diario de Lady Gibberne
El diario de una dama victoriana poco convencional (ligeramente basado en El Increíble Mundo de H.G. Wells) FICHA 1889 Junio Julio Septiembre
El Joven Sherlock Holmes y el Secreto de los Cluteworth
(El Secreto de la Pirámide) FICHA 1- Sombras en una Noche Lluviosa 2- Asalto en la Posada 3- El Pequeño Ladrón 4- Salones y Engranajes 5- Caballos y Pesadillas 6- Una Noche en la Ópera 7- El Peligro Acecha 8- La Huida 9- La Biblioteca Incendiada
6º episodio de Anabel.(45%) 10º episodio deEl Misterio de los Cluteworth. (45%) 2º episodio de Behind Blue Eyes. (10%) 1º episodio deStar Fox: Elite. (65%) 5º episodio de La Emperatriz y la Rosa.(45%) 2º episodio de Despierta. (70%)