martes 30 de junio de 2009

Doctor Who- La Emperatriz y la Rosa

NOTA DE LA AUTORA:
Nunca sabré por qué me engancho a las cosas y la necesidad imperiosa de escribir fanfics... ·_·U
Otro más, pa' la saca XD
Espero que os guste :3
Ficha y demás cosas, ya las pondré XD


Viena, 1857.

- 1 -
La joven enferma


Una ligera brisa, apenas una caricia, sacudía la hierba alta y amarillenta que parecía extenderse kilómetros y kilómetros. Bajo la brillante luz del sol, una curiosa cabina azul empezó a materializarse de repente, como un espejismo; pasaron unos segundos hasta que la TARDIS detuvo su oscilante zumbido y se quedó en el sitio, aparentando como de costumbre no ser más que una simple y antigua cabina policial inglesa.

La puerta de madera se abrió con un chirrido y por ella asomó, con los ojos chispeantes de curiosidad y expectación, la cabeza de un hombre joven, de pelo castaño y alborotado. Abriendo la puerta del todo, salió con las manos en los bolsillos y avanzó unos pasos, los ojos entrecerrados por el sol. Sobre el traje marrón a rayas llevaba una larga gabardina color canela que probablemente, dado el calor que hacía, no tardaría en quitarse.

— ¿Doctor?

Una joven de pelo rubio salió de la TARDIS, cerrando la puerta tras ella. Como si hubiera previsto el tiempo que iba a hacer, llevaba la chaqueta amarrada a la cintura; vestía una sencilla camisa de manga hueca de color blanco y unos vaqueros desgastados por el tiempo.

El Doctor ya estaba mirando a su alrededor atentamente, haciendo uno de sus habituales análisis de tiempo y lugar, cuando Rose Tyler empezó a intentar averiguar por sí misma dónde habían aterrizado. Estaban en un enorme descampado, flanqueado por unos frondosos árboles que no les dejaban ver lo que había más allá. La hierba, alta y amarillenta, crujía bajo sus pies cuando caminaban.

— ¿Dónde estamos? —preguntó Rose finalmente.

El Doctor dio un par de pasos, lentos y graciosos, sin sacarse las manos en los bolsillos.

— No tengo ni idea —dijo felizmente.

Rose soltó una risita de incredulidad, recogiéndose el pelo como podía en una cola de caballo.

— Tú y tus aterrizajes al azar… ­Un día de estos vamos a aterrizar en medio de una invasión bárbara, o algo así.

El Doctor se encogió de hombros despreocupadamente.

— No es para tanto, ya me ha pasado un par de veces… ¡Veamos!… —olfateó el aire y miró a su alrededor— Sí… diría que esto es Austria… ¡Osterreïch ! Siglo… diecinueve… Aunque no estoy muy seguro del año, así que bien puede ser Austria a secas, o el imperio Austro-Húngaro…

Rose cerró los ojos y respiró profundamente, estirando los brazos.

—Y yo diría que es mediodía…—dijo, imitando el tono de listillo del Doctor— Ya echaba de menos el sol... el del Sistema Solar, quiero decir —añadió, como si lo que acababa de decir fuera lo más normal del mundo.

El Doctor alzó la vista al cielo, entrecerrando ligeramente los ojos cuando la luz del sol cayó sobre ellos. Sonrió satisfecho, sintiendo el calor en el rostro, y su sonrisa se ensanchó hasta ser la de un niño travieso.

— Echemos un vistazo, la parte más emocionante de los destinos no planeados —dijo alegremente.

Y eso hicieron, pero el tremendo calor hizo que para Rose los minutos transcurridos, posiblemente no más de quince o veinte, pareciesen horas. El Doctor se había quitado la gabardina, pero sus energías parecían inagotables. La joven se detuvo y resopló, con las manos en la cintura.

— Hemos vuelto al mismo sitio —soltó con voz inexpresiva.

— No es verdad…

La joven señaló con la cabeza por detrás de él como respuesta; allí estaba la TARDIS, tal y como la habían dejado. El Doctor se limitó a mirar su nave y a parpadear varias veces, despacio. Con un suspiro, Rose se sentó en la hierba.

— Explorar con este calor me está matando… —dijo; se echó hacia atrás hasta que quedó tumbada sobre la hierba, estirando los brazos por encima de su cabeza; soltó una risita de satisfacción.

—Buena idea, no pasará nada porque descansemos un rato y disfrutemos la luz de vuestra calurosa estrella —dijo el Doctor.

Extendió su gabardina sobre la hierba y se dejó caer sobre él con un exagerado suspiro. Rose soltó una carcajada y sus miradas se encontraron, a escasos centímetros el uno del otro.

— ¡Hola! —dijo él con una sonrisa.

Ella le sonrió a su vez.

— Esto me recuerda a nuestro primer viaje —dijo él, divertido—… Bueno, nuestro primer viaje con este cuerpo. ¿Te acuerdas?

Rose se incorporó con un resoplido.

— Sí, pero esta hierba no es tan mullida como parece y no huele a manzana… —farfulló, intentando quitarse unas pegajosas espigas del pelo.

Sentándose, el Doctor le quitó una y, tras ponerse unas gafas de montura de carey, se la quedó mirando con mucho interés mientras Rose intentaba librarse de las demás, del mismo color pajizo que su pelo.

— ¡Ajá! Una ortiga… Urtica Dioica… Inofensiva, excepto por la urticaria, —bufó— Qué molesta es… —la tiró al suelo y miró alrededor— Ortigas… la altura a la que está el Sol y la fuerza con la que brilla… Debe de ser verano. Poco a poco nos vamos situando en cuándo estamos, ¿eh? —dijo con una gran y despreocupada sonrisa.

—Sí, ya… algo es algo… —dijo ella un poco fastidiada, quitándose la última ortiga del pelo —. Ahora falta saber dónde. Pero yo prefiero descansar un rato o me moriré de una insolación.

El Doctor volvió a tumbarse despreocupadamente sobre la gabardina, con las manos detrás de la nuca, dejando un poco más de hueco a Rose sobre la tela para que esta no volviera a acabar con el pelo lleno de ortigas. Cerró los ojos para protegerse de la fuerte luz del sol y dejó que este le calentara dulcemente el rostro lleno de pecas. Notó movimiento a su lado y vio que Rose farfullaba algo mientras se desenredaba otra ortiga del pelo.

—Pesaditas, ¿eh? Apóyate en mí si quieres.

Rose pareció vacilar un momento y le sonrió con timidez; no sabía si tenía las mejillas ligeramente rojas por el sol o por su repentino ofrecimiento.

—En serio, no me importa —le dijo él despreocupadamente, cerrando los ojos otra vez. Pasado un rato, notó que Rose apoyaba la cabeza sobre su hombro con un ligero suspiro, y se quedaba allí. Abrió un ojo para mirarla, divertido; enseguida le llegó el dulce olor a frutas de su pelo.

Entonces Rose soltó una risita.

— ¿Qué pasa?

— No, nada… Acabo de recordar que Mickey también dejaba que lo usara de almohada cuando veíamos la tele en el sofá.

El Doctor frunció el ceño ligeramente, desviando la mirada hacia ella por un instante.

— ¿Ah, sí? ¿Y… quién es más cómodo? —preguntó con cierto soniquete en la voz.

Rose pareció dudar un momento y se incorporó para mirarle, traviesa, fingiendo que le analizaba.

— Bueno… Tú no eres tan mullido, estás demasiado flaco… —dijo, burlona.

— ¡No estoy demasiado flaco! —exclamó, indignado— Solo soy… demasiado alto.

— Calla, larguirucho…

La joven rió y puso la cabeza sobre su pecho, de una forma mucho más natural esta vez. Atenta a algo de repente, llevó una mano hacia el otro lado de su pecho y la apoyó allí con firmeza; soltó una risita.

—Puedo oírlos… —dijo, fascinada.

El Doctor abrió un ojo para mirarla, divertido. Rose oía latir su corazón izquierdo, notando bajo su mano cómo el derecho le seguía a continuación. La chica cerró los ojos para concentrarse, sin borrar su sonrisa.

— Puedo sentirlos, los dos a la vez… Es… tan curioso… Es como si hubiera eco… —intentó seguirles el ritmo tamborileando con los dedos, uno con cada mano, pero enseguida se hizo un lío y desistió, divertida.

—A mí tampoco me ha salido nunca —le dijo él, sacando una de las manos de debajo de la nuca y moviendo los dedos con una expresión confusa. Ella rió con ternura.

El Doctor respiró despacio, llenando sus pulmones con el aire puro del verano, y cerró los ojos. Notó que Rose acomodaba mejor la cabeza y que también respiraba profundamente.

—Es muy relajante…—murmuró.

Él sonrió. La presión de la cabeza y la mano de la muchacha sobre su pecho eran algo agradable y cálido; casi sin darse cuenta, sus dedos se enredaron en un mechón de su pelo. Se sorprendió pensando cuánto envidiaba a veces aquella faceta de los seres humanos antes de que su mente, casi siempre frenética, empezara a sumergirse en una gran tranquilidad.

Rose también estaba empezando a adormecerse; el sonido de los corazones era casi hipnótico, y el olor de la hierba y la agradable caricia del sol en su cara no ayudaban en absoluto a mantenerla despierta. Pronto, en el mundo solo existían ellos dos. Ellos dos, y el fragante olor de la hierba calentada por el sol… El soporífero calor… El rítmico latir de los corazones… primero uno… luego otro… Y luego un tercero...

¿Un tercero?

Extrañada, abrió los ojos y se incorporó, intentando encontrar la fuente de aquel tercer golpeteo.

Pronto lo reconoció: eran cascos de caballos. Alguien se acercaba.

— ¿Doctor…?

—Lo sé…

Los dos se incorporaron lentamente, con los ojos fijos en unos jinetes que venían hacia ellos. Sin desviar la mirada de ellos, el Doctor cogió su abrigo del suelo y acercó los labios al oído de Rose para susurrarle algo.

— Ya sé dónde estamos: en Austria, efectivamente, a unos diez años de la creación del Imperio Austro-Húngaro, en algún momento de los años cincuenta o sesenta… Y en los jardines privados de Francisco José.

Un grupo de hombres vestidos con ropas de montar y armados con unas escopetas les apuntaban. Rose agarró inconscientemente la mano del Doctor; notó que este se la apretaba ligeramente, como para tranquilizarla.

— ¡Alto! —dijo uno de los jinetes, un hombre alto y con un enorme bigote que le caía a ambos lados como el de una morsa— Estos son los jardines privados del Emperador. ¿Quiénes sois y cómo habéis entrado? ¡Identificaos!

El Doctor carraspeó y empezó a acercarse a ellos, estirando una mano a modo de saludo; Rose no se despegaba de su espalda.

— ¡Hola! Soy el Doctor, y esta es Rose. Estamos aquí por un desafortunado accidente; veréis, hemos hecho un viaje muy largo, así que decidimos descansar…

Los hombres le apuntaron con las escopetas.

—… pero no es nuestra intención estropear vuestro apasionante y cruel “deporte”, así que con vuestro permiso, nos vamos. ¡Adiós!

Otro de los hombres, de rostro afeitado y aire severo pero inteligente, espoleó al caballo y avanzó hacia ellos antes de que se marcharan.

— ¡Un momento, un momento…! Espere ahí… “doctor”… ¿Podría explicar qué “doctor” es usted y qué hace esta señorita vestida de una forma tan indecente?

— Oh no, otra vez… —murmuró Rose para sí con cara de fastidio, enterrando la cara en el hombro del Doctor.

El Doctor pensó por unos instantes.

— No, no puedo explicarlo —se limitó a responder sin más—. En cuanto a mí… soy… el Doctor John Smith —añadió, sacando el Papel Psíquico y mostrándoselo a los jinetes por un leve instante.

— ¿John Smith? ¿Es usted inglés? —preguntó el jinete, bajándose del caballo.

— Como el té con arenques en el desayuno.

Otro de los jinetes, un joven de pelo dorado, intervino tímidamente.

— Debe haber venido por lo de las muchachas, Stonenberg. Antes de irse a Berlín, el doctor Hessen dijo que mandaría a llamar a un colega suyo, un médico inglés que vive en Baviera.

— Eeee…fectivamente, ese soy yo —dijo el Doctor; sus ojos brillaron de expectación cuando por su cabeza pasó la idea de que allí estaba ocurriendo algo interesante… y que él iba a presenciarlo.

— Entonces debería acompañarnos, Doctor Smith —dijo una voz, lenta y altiva.

Uno de los jinetes, que todo el rato se había mantenido al fondo, hizo avanzar al caballo. El Doctor reconoció al Emperador Francisco José I, que desmontaba y se dirigía hacia él. Sus hombres no le apartaban la mirada mientras se acercaba al Doctor. Este se inclinó un instante como saludo, pero no dijo nada.

— Honraré con honores a cualquier hombre que pueda ayudarnos a resolver un extraño misterio que acontece en palacio, Doctor Smith —le dijo solemnemente—. No quiero que nada perturbe la tranquilidad de mis súbditos y mi señora esposa, la Emperatriz Elizabeth.

— Sissi… ¡La Emperatriz Sissi! —se dijo Rose, fascinada; debió ser en voz demasiado alta, porque los hombres del Emperador la atravesaron con una mirada severa.

— Más respeto hacia la emperatriz, jovencita —dijo Stonenberg, mirándola de arriba abajo con reprobación.

— Lo siento, señor —murmuró Rose; deseó no haber abierto la boca.

El Emperador, para sorpresa de todos, parecía divertido.

— Sí… Así es como le gusta que la llame su querido pueblo, jovencita —le dijo—. ¿Cuál es vuestro nombre?

Rose se inclinó con respeto.

— Rose T… —se detuvo un momento, pensativa, y entonces alzó la cabeza, con los ojos brillantes — Dama Rose, del Estado de Powell. (1)

El Doctor la miró de reojo con las cejas levantadas; ella, disimulando, le guiñó un ojo con complicidad y él desvió la mirada, apretando los labios para contener una sonrisa.

— ¿Una dama, eh? Una forma muy curiosa de vestir para una dama… Sí que sois especiales en Inglaterra —dijo el Emperador, soltando una carcajada.

— ¿Tiene que venir ella? No puede mostrarse en la corte con ese aspecto —dijo Brower con severidad; su bigote temblaba con cada palabra. Rose, de nuevo medio escondida tras el Doctor, puso los ojos en blanco en una expresión de hastío.

— No le hagáis caso a la dama, pensó que sería divertido ponerse pantalones y enseñar los brazos… —dijo el Doctor— Con vuestro permiso… —agarró a Rose con cuidado por un brazo y la acercó a la TARDIS, abriendo la puerta y metiéndola dentro; Rose se limitaba a mirarlo con una ceja levantada y una expresión de humillación dibujada en el rostro—. El armario del fondo, el de las chaquetas con charreteras —le susurró al oído para que nadie pudiera oírle—. Siglo diecinueve, los cincuenta, ya sabes cómo vestían, lo habrás estudiado en Historia. Te espero aquí. Por cierto, lo de Dama Rose ha sido brillante.

Cerró la puerta. Los hombres le miraban, incrédulos; el Doctor se limitó a sonreírles abiertamente.

— ¿Qué es eso, Doctor, un tocador portátil? —preguntó Brawer.

— Sí, en Inglaterra somos muy especiales… Y dígame, Emperador… —comenzó a decir, avanzando hacia él, siempre vigilado por sus hombres— ¿Qué ocurre exactamente con esas… muchachas?

De repente, un joven vestido como un mayordomo se acercó corriendo hacia ellos.

— ¡Señor!... —se detuvo un instante para recobrar el aliento— Señor, han encontrado a otra…

Un gesto entre preocupado y satisfecho se dibujó en el rostro del Emperador.

— Podrá verlo por usted mismo, Doctor Smith…

En ese mismo instante la puerta de la TARDIS se abrió. Rose tuvo algunas dificultades para salir; la falda del vestido era enorme y tan amplia que tuvo que recogerla para poder caber por el hueco dejado por la puerta (no podía arriesgarse a abrir las dos y que el Emperador y sus hombres vieran que aquello no era precisamente un tocador portátil).

El Doctor la ayudó a salir de la nave y luego cerró la puerta. La miró, sonriendo de medio lado; sin duda había hecho la elección correcta. El vestido era de un rosa pálido, sencillo, con mangas hasta la mitad del brazo; llevaba unos guantes cortos a juego. Un pequeño sombrero coronaba un recogido hecho con prisas, y en la mano llevaba una sombrilla. Se colocó al lado del Doctor.

— ¿Has traído los payasos? —le susurró al oído, algo fastidiada— Yo ya tengo la carpa.

Se balanceó un instante adelante y atrás; el Doctor sonrió, divertido.

— Está usted muy guapa, dama Rose —le dijo el Emperador; ella esbozó una sonrisa tímida y dejó que le besara el dorso de la mano.

— ¡Bueno! —interrumpió el Doctor bruscamente— ¿Vamos, señores?


~~~~~~~~~~~~


El Doctor y Rose siguieron a los jinetes hasta el palacio. Por suerte, no estaba demasiado lejos; para Rose, aquellas ropas, con aquel calor tan bochornoso, se estaban convirtiendo en un infierno.

Rose no pudo evitar soltar una exclamación de admiración al encontrarse frente al Palacio.;el Palacio de la Emperatriz Sissi nada menos, todo un mito en la historia moderna. Hombres y mujeres con elegantes trajes y ostentosos vestidos iban y venían por los jardines, paseando tranquilamente.

— Por aquí, Doctor Smith… Dama Rose…

Stonenberg los llevó hasta una entrada trasera; aunque también respetable, a Rose aquel lugar no le pareció tan elegante como la entrada principal y supuso que eran los aposentos del servicio.

Finalmente, llegaron a una habitación donde una joven criada yacía en la cama, como dormida; parecía diminuta y casi perdida en medio de las sábanas y las mantas, bajo las cortinas del dosel. Otra criada estaba sentada a su lado, refrescándole la frente con paños fríos, y se levantó respetuosamente cuando les vio llegar.

— El médico de la corte no sabe qué está ocurriendo —empezó a explicar Stonenberg al Doctor mientras este se acercaba a la cama—. No parece ser una epidemia, porque no está afectando a demasiada gente. Es… Es como si estuvieran siempre muy cansadas. Algunas parecen recuperarse, pero su salud se resiente bastante después. Otras simplemente duermen… y algunas nunca despiertan.

El Doctor se inclinó sobre la cama. Rose lo observaba desde el otro lado atentamente mientras sacaba su estetoscopio y lo usaba para auscultar a la muchacha, ante los extrañados ojos de Stonenberg, para quien probablemente aquel chisme tenía un diseño demasiado avanzado para la época en que estaban.

Un gesto de preocupación cruzó un instante por el rostro del Doctor. Guardándose de nuevo el estetoscopio en el bolsillo, se colocó frente a la muchacha de modo que pudo agarrarle la cabeza con ambas manos, por las sienes.

Cerró los ojos y se concentró; sus párpados temblaron un instante, su respiración se hizo más profunda, hasta que pareció detenerse… Y de repente abrió los ojos con un escalofrío, soltando con un jadeo el aire que había estado conteniendo. La joven abrió los ojos, vidriosos y hundidos, pero pareció mirar a través de él, como no existiera. Luego movió los resecos labios como si intentara hablar, pero ninguna palabra salió de ellos.

Aquello, sin duda, era muy extraño.

Era como si alguien le hubiera absorbido la energía vital.

— Lo siento… lo siento mucho —susurró el Doctor, acariciando su pálido rostro.

La joven cerró los ojos y se quedó inmóvil, como sumida de nuevo en un profundo sueño.

— ¿Y dice que tienen más chicas así? —preguntó el Doctor a Stonenberg, sin dejar de mirar a la joven enferma.

— Bueno… la mayoría ya se ha repuesto —dijo el hombre, confuso ante lo que acababa de presenciar— Otras murieron, mientras dormían.

— ¿Cuántas exactamente?

— Cuatro o cinco, en el último mes.

El Doctor se incorporó con un suspiro y empezó a caminar por la habitación, pensativo.

— ¿Qué opina de todo esto, Doctor Smith? —preguntó Stonenberg impaciente.

— Todavía no lo sé… —dijo, confuso, pasándose una mano por el pelo; luego levantó la mirada hacia él— Me gustaría hablar con el médico de la corte, el que ha visto a las otras chicas.

— Por supuesto. Le diré que venga de inmediato.

Una vez el Doctor se quedó a solas con la criada enferma y con Rose, su joven compañera le tocó la mano con cariño.

— ¿Doctor? ¿Qué le ocurre? —le preguntó en un susurro.

El Doctor la miró con el ceño fruncido. Rose conocía muy bien aquella expresión.

— Es… Es como si… —bufó— Es como si se estuviera apagando. Apenas podía sentir su pulso. No le quedan energías ni para mantener funcionando su propio cuerpo, está… letárgica.

— ¿Dices… como un coma? —preguntó Rose, confusa.

— Algo así.

Rose miró a la muchacha con expresión triste.

— ¿Crees que se va a poner bien?

El Doctor meneó la cabeza, despacio.

— No lo sé.

Pero su mirada decía otra cosa, y Rose creía saber el qué.

Que quizá la joven ya no despertaría.


(1) Referencia al episodio "Tooth and Claw", el título que le da la Reina Victoria al final del mismo.

martes 16 de junio de 2009

...¿Actualizaciones? Junio 2009

Menuda sequía.

Es lo que tiene la uni.

Volveré.... en Agosto.

:)

Y terminaré de subir los fanfics ya escritos que se han quedado pendientes.

Y habrá más de los Cluteworth (episodio 10 lento pero seguro) y probablemente Starfox.

Y espero que con un fanfic nuevo...



¡Ta-Chan!

No tengo remedio ^^U

viernes 26 de diciembre de 2008

Actualizaciones Diciembre 2008

¡Hola a todos!

Este puede que sea el último post del año. Pensaba que en estas vacaciones navideñas podría publicar aunque fuera el sexto episodio de la historia Anabel o el primero del fanfic de Starfox, pero el tiempo, la universidad y otros quehaceres lo han convertido en algo imposible :( Lo siento.

Algunas cosillas que sí he podido hacer:

*He vuelto a publicar la ficha del fanfic de Starfox porque le he cambiado el título a dicho fanfic, y el título del post no se cambia...

*He cambiado la imagen de la ficha de Stella por una más actual, y como veis, he subido un dibujo inspirado en el fanfic.

*He modificado algunas cosillas de la sidebar.

*He subido los dos últimos episodios del libro primero de Corazón de Hobbit, que, aunque tiene ya sus años, sigue siendo mi fanfic más largo y merece estar aquí con todos los demás.


Y eso es todo. Espero publicar pronto algo nuevo...

¡Cuidaos y feliz año nuevo!

...

Los que seguís este blog decidme algo, por favor... T_T

Ficha: Starfox: Elite




Videojuegos.

Iniciado en: agosto 2008.
Estado: en proceso.
Género: acción, aventura.
Clasificación: sin definir... todo depende de si me da por escribir "algunas cosas" o no... XD

Basado en:
Star Fox (C) Nintendo
Línea argumental situada después del Star Fox: Assault, ignorando completamente el Star Fox: Command, y con flashbacks anteriores a Star Fox: Adventures. Referencias a algunos de los comics publicados en Japón, o por la revista Nintendo Power.






Andross ha sido destruido, pero ocultó un terrible y destructivo secreto que ahora sale a la luz por culpa de un desafortunado accidente... ¿Está el Sistema Lylat de nuevo en peligro? Por otra parte, Stella Hawk, una inminente doctora militar, ingresa en el equipo Star Fox dispuesta a emprender una nueva vida. Lo que no sabe es que allí se encontrará con algo de su pasado que creía olvidado...




Os juro que la última cosa que imaginé que ocurriría este verano (o que imaginé que jamás ocurriría, vamos XD) era engancharme a esta saga de videojuegos, y eso sin haberla jugado apenas... Como no, enseguida mi mente maquiavélica y la de mi prima, que no es poca cosa tampoco, empezaron a maquinar muchas cosas... Primero, la creación de un personaje propio (Stella Hawk, doctora e interés romántico de Falco) algo que siempre hago con cada cosa a la que le cojo cariño. Tras varios RPGs orales y paranoias varias, me decidí a escribir la historia, o al menos a intentarlo; podría ser divertido, y algo diferente a lo que suelo escribir...

Estaba cantado que tarde o temprano me iba a enganchar a algo así. Desde niña me han gustado las historias espaciales de naves y planetas remotos, y si encima los protagonistas son animales (al menos en apariencia), ¡mucho mejor!

Como último comentario, decir que la buena de Katt, posible idilio de Falco según algunos de los juegos, me ha dado muchísimos quebraderos de cabeza para poder meter el "romance" Falco/Stella. Sin embargo, según lo leído en un cómic publicado en Japón al salir el Starfox: Adventures, Katt tiene otro "amiguito", con el que Falco la anima a quedarse, y es cuando se marcha un par de años a "volar solo". Así que tralará, según esto, Falco está "libre". Si Katt aun le quiere a él... eso ya ni me incumbe, ni es asunto a tratar en mi fanfic XDD

Debo agradecer a mis primos, especialmente a Prisci, por sus ideas y porque el fanfic es cosa de nosotros tres y no solo mía. Espero que os vaya gustando. La cosa se pondrá interesante con cada nuevo episodio, si lo completo XD

Popurrí de dibujos, 2

Y seguimos con algunas ilustraciones que he hecho inspiradas en los fanfics de la biblioteca. Ahora le toca el turno a Starfox...



¡El grupo al completo!... o casi. Distinguir los personajes ya existentes de los creados para el fanfic es un arduo trabajo para hacer aquí, pero los que conozcáis la serie supongo que podréis hacerlo sin problema... Aún así, nombraré algunos:

¿Veis esos perros con un halo en la cabeza? Pues exacto: son los cuatro miembros del ejército que aparecen en el Prólogo. Y el extraño grupito de la izquierda por abajo... Exacto: los que han salido de los tanques. Y no daré más detalles para no desvelaros la trama :P

Espero poder retocarlo y pintarlo en las próximas semanas... o meses U_U


Más dibujos muy pronto.

Corazón de Hobbit, libro primero, 11

11

EL REENCUENTRO

“-¿Y ni una palabra para nosotros, tus compañeros?

¿Para Legolas y para mí?- gritó Gimli, incapaz de contenerse

por más tiempo-. ¡Bribones, amigos desleales, cabezas lanudas

y patas lanosas!¡ A buena cacería nos mandasteis!

¡Doscientas leguas a través de pantanos y bosques, batallas

y muertes, detrás de vosotros! Y os encontramos aquí, banqueteando

y descansando...¡y hasta fumando! ¡Fumando! ¿Dónde habéis

conseguido la hierba, villanos? ¡Por el martillo y las tenazas!

¡Estoy tan dividido entre la rabia y la alegría

que si no reviento será un verdadero milagro!

- Tú hablas por mí, Gimli- rió Legolas-. Aunque

yo preferiría saber dónde consiguieron el vino.

- Una cosa no habéis aprendido en vuestra cacería

y es a ser más despiertos- dijo Pippin, abriendo un ojo-. Nos

encontráis aquí, sentados y victoriosos en un campo de batalla,

en medio del botín de los ejércitos, ¿y os preguntáis

cómo nos hemos procurado una bien merecida recompensa?

-¿ Bien merecida?- replicó Gimli-. ¡Eso sí que no lo puedo creer!”

J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos “El Camino de Isengard”

**********

Pippin abrió los ojos. Se sentía como si acabara de despertar de un largo y precioso sueño, y su mente aún parecía flotar en la nada. La calidez del sol y el canto de los pájaros era todo lo que podía notar, pues el resto parecía lejano, perdido en el espacio. Y parecía oír el eco de unas palabras olvidadas que no entendía, y una suave voz como procedente de otro mundo. Volvió a cerrar los ojos, y cuando los abrió de nuevo, todo volvió a la realidad, y vio que estaba solo.

Se levantó sobresaltado, dándose cuenta de que había estado dormido a la intemperie, bajo la enorme raíz de un árbol. A su lado humeaba una hoguera ya apagada. Por el tono de la luz del sol, supo que hacía horas que había amanecido.

¿Todo había sido un sueño? Recordaba tantas cosas... La cabaña del bosque, las amargas noches de sufrimiento entre fiebres y sudores, y los dulces días en que tenía la compañia de la dulce voz y el rostro de una poderosa doncella. Estaba seguro de que no fue un sueño, pues aún podía sentir esa pesadez en el pecho cuando respiraba, y el leve dolor de su pierna herida. Metió la mano en el bolsillo, y contempló la pequeña bolsa de hierbas curativas, el pequeño pero valioso regalo de la dama. Y en el ambiente se respiraban la suave humedad y el dulce aroma de la lluvia ya pasada. Había ocurrido. No fue un sueño.

- ¿Mi Señora? ¿Bella Dama? ¿Estáis ahí?

No obtuvo respuesta. Sólo pudo escuchar el trinar de los pájaros, y las hojas de los árboles sacudidas por la brisa; ni un solo atisbo de la bella voz de aquella doncella elfo. Nervioso, arrebujado en la capa que era el único indicio de la existencia de la elfa, caminó por los alrededores. Sus pies dejaban huellas en la tierra mojada por la lluvia. Nada de aquello le era familiar, y de repente, paralizado por el miedo de estar en un sitio desconocido, se quedó quieto. Estaba demasiado aterrado para darse cuenta de que estaba cerca de la Comarca, y además aun no había ni una sola criatura por aquellos alrededores que le percataran de su cercanía. Con los pies ateridos por la fría tierra mojada, empezó a retroceder de espaldas torpemente, como si huyera de algo invisible.

- ¿Por qué, mi señora? ¿Por qué me habéis dejado solo? No sé volver... No puedo regresar... -dijo en el silencio.

Y sintió que no podía respirar, pero no porque se resintiera de su enfermedad, sino por que sentía una congoja y un miedo helados en el corazón. Dejándose caer al suelo, apoyado contra un árbol, escondió la cabeza entre las rodillas y empezó a llorar en silencio; lloró durante horas, y se quedó dormido.

Al amanecer, en cuanto que la lluvia paró, los tres hobbits, después de un ligero desayuno, partieron de nuevo. Frodo y Sam no perdían las esperanzas, pero estaban muy preocupados por Merry, quien no había apenas probado bocado ese día, y que a cada día fallido de búsqueda parecía más distante. Sabían que si no lograba encontrar a su primo perdido, jamás en la vida podría perdonárselo, y el Merry que conocían desaparecería para siempre, hundiéndose en la tristeza. Pues aunque los hobbits se recuperan rápidamente de toda enfermedad, algunos lamentan profundamente la pena, y son capaces de dejarse llevar por ella hasta la desesperación.

A las pocas horas, con el sol brillando ya con fuerza, llegaron a un agradable claro. Los rayos blancos penetraban por las altas copas de los árboles, y se posaban en el suelo del bosque. Un enorme árbol, que parecía casi tan viejo como el bosque, coronaba el lugar con una enorme raíz bajo la cual podría caber perfectamente un viajero exhausto que quisiera descansar. A sus pies, humeaba aún una hoguera apagada. Todo estaba encharcado y cubierto de barro, como si la lluvia hubiera caído en esa parte del bosque más que en ninguna otra.

- Mirad aquello... -dijo Sam, acercándose mientras entornaba los ojos, y protegiéndoselos con la mano de los rayos del sol- Es una hoguera... Y eso en el suelo, ¡parecen huellas!

- Son huellas... -dijo Frodo, y se agachó sobre ellas como hiciera en el río, observándolas con su vista penetrante- Parecen de hobbit, sin duda... Y no hay otras huellas con ellas. Sea quien sea a quien pertenezcan, está solo.

- Solo... Está solo... -murmuró Merry, tan bajo que los demás no pudieron entenderle. Agotado, se dejó sentar en el suelo con un suspiro, frotándose los ateridos pies. Una idea empezó a fraguarse en su cabeza. Se levantó y se acercó a la hoguera, con paso firme pero vacilante. Pese a estar ya casi calcinada, pudo notar que la madera ya estaba muerta, probablemente recogida del suelo. Y pensó que era un alivio que nadie se hubiera atrevido a cortar aquellos árboles. Se quedó un rato en silencio, observando, cuando de repente una gran sonrisa se dibujó en su rostro.

- ¿Quién iba a ser si no? ¿Qué otro hobbit podría haberse internado en este bosque? -exclamó señalando las huellas.

- Merry... Siento decirlo, pero ni siquiera sabemos si es realmente un hobbit... -dijo Frodo.

Sam suspiró apesadumbrado, pero una fuerte luz de esperanza había iluminado el corazón de Merry, que no apartaba la vista de las huellas. De repente, era como si todas las preocupaciones que había tenido hubieran desaparecido en la nada.

- Podría también creer que se trata de otro hobbit, o de cualquier otra criatura que vaya y venga y camine descalza... -dijo-, ¡pero algo me dice que no es así, Frodo! Estoy seguro de que es Pippin. ¿Sabes cuando estás muy seguro de algo y no sabes por qué? Pues siento eso mismo ahora.

Y sin mediar palabra, pero con una sonrisa, echó de nuevo a andar, seguido por sus compañeros. Fue ahí cuando supieron que aquello no iba a acabar hasta que le encontraran.

Merry y sus compañeros no encontraron a Pippin bajo la enorme raíz del arbol porque el hobbit, tras haber despertado y aturdido por las lágrimas derramadas, se había echado a andar sin saber muy bien a dónde iba, sumido en sus pensamientos.

- Mi señora, ¿por qué me cuidásteis y ahora me dejáis solo? -se dijo en voz alta- Ni siquiera estoy cerca de la Comarca, como me dijísteis, y si lo estoy no sé el camino... No puedo hacer esto solo, no tengo el mismo espíritu que mis antepasados... ¡Pero ahora estoy solo!...

Mas la voz de la bella doncella no le respondía; hasta que, de repente, pareció oírla, como proveniente de sus pensamientos más profundos, pero a la vez presente en todas partes, y dando un respingo se quedó muy quieto en medio del sendero, con la mirada fija y perdida en la nada, como sumido en un trance.

El corazón de un hobbit es algo muy complejo. Rebosa alegría

y deseos de vivir. Pero muy ocultos, también valor y perseverancia,

y algunas veces odio, además de siempre amor. Y sólo confiando en

lo que tu corazón te diga, podrás enfrentarte a tu destino...

De pronto, despertó sobresaltado, jadeando como un animal atrapado. Se dio cuenta de que tenía las manos sobre el pecho, y bajo ellas, el corazón le latía fuertemente, llenándole de un extraño calor, y lo relacionó todo con las palabras de la elfa. Asustado por la fuerza que habían cobrado sus pensamientos, se soltó y se dejó caer de rodillas; miró a todas partes e intentó hablar, pero nada salió de su boca. Como un buen ejemplo de lo irónico que puede ser el pensamiento, solo pudo decirse a si mismo: <<¿No querías una respuesta? Ahí la tienes, ¿por qué ahora te asustas?>> Finalmente pudo moverse, pero tropezó y se quedó en el suelo, agazapado. Y recordó entonces otras palabras, con más fuerza si cabe que las anteriores.

Solo cuando llegue el momento, entenderás lo que te quise decir...

Guarda estas palabras en tu corazón, y hazlas salir cuando sea necesario...

Y miró hacia arriba, como esperando una respuesta proveniente de ninguna parte. <> pensó, y aturdido por tantas preguntas, se llevó las manos a la cabeza.

- ¿Qué queréis decir, Bella Dama? -dijo en voz alta- ¿Qué intentábais explicarme? No lo sé... No quiero saberlo...

Agotado de tantas preguntas sin respuesta y de vagar sin rumbo, suspiró y se cubrió con la capa, esperando que esta le diera calor, y al sentir su suavidad y aroma, se sintió mejor. Luego se arrastró hacia un arbol cercano, y apoyado en su tronco, se entregó a un sueño ligero. En el silencio, volvió a ser consciente del latir de su corazón, y volvió a recordar las palabras de la elfa.

- Cuando llegue el momento... -susurró. Y cerró los ojos.

Con la llegada del atardecer, las nubes grises ocultaron de nuevo el sol, y la lluvia volvió a cubrir cielo y tierra. El grupo de Merry se había visto obligado a detenerse por este motivo, pese a las protestas del joven Brandigamo, y ahora descansaban bajo un grupo de frondosos árboles, donde preparaban una comida sencilla.

- Merry... Ven a comer algo, no has probado bocado en todo el día -le dijo Frodo.

Merry le miró. Tenía un extraño brillo en la mirada.

- Esta ahí. Sé que está ahí fuera, perdido, intentando ocultarse de la lluvia. -dijo, y ninguno añadió nada más.

Sumido en una inquieta duermevela, Pippin estaba acurrucado bajo un enorme árbol, hecho un ovillo, cubierto por la capa élfica. El suave aroma que desprendía era lo único que le quedaba en ese momento, perdido en el miedo y la soledad. No se había percatado de que ya era de noche y llovía, pues las ramas del árbol le aislaban de la lluvia, y miles de pensamientos pasaban por su cabeza, a cual más confuso y lejano.

<>

Entonces se dio cuenta de que llovía con fuerza, y su mente se sumió de nuevo en la oscuridad y el abismo, pero despertó de repente con un sobresalto. Le había parecido oír a alguien llamándole. Se incorporó, pues le había parecido la Bella Dama. Pero no oyó su voz, ni vio su resplandor de luna, ni olió su suave aroma a flores. Y supo que seguía solo.

A varias millas de allí, los tres hobbits, calados hasta los huesos y con los pies helados, seguían a Merry, quien parecía de repente repleto de una nueva esperanza, y ni el frío ni la lluvia parecían amedrentarle.

- Merry, no podemos seguir con esta lluvia, compréndelo, nos estamos poniendo en peligro... -dijo Frodo- Solo descansemos hasta que pare. Seguiremos toda la noche, si eso deseas...

- No, Frodo, no pienso parar. ¡Sé que está muy cerca! -dijo Merry, y volvió a llamar a Pippin. El eco de su voz se confundió con el atronador sonido de los relámpagos.

- Vamos, señor Frodo... El señor Merry sabe lo que hace -dijo Sam- Estoy seguro de que sí. Con su perseverancia le acabaremos encontrando.

Frodo sonrió.

- Es imposible quitar una idea de la cabeza de un hobbit... -dijo con un suspiro.

Y los dos se unieron a su llamada.

Sin tan siquiera preocuparse por la lluvia, el joven Peregrin caminaba por el bosque como un alma en pena. Había dejado de pensar en lo que le atormentaba, pues ya nada parecía importar. De vez en cuando se detenía, agotado, y miraba al cielo. La lluvia resbalaba por su rostro mientras el resplandor de los relámpagos le iluminaba. Se sintió de pronto muy cansado y sin fuerzas, y tuvo miedo de volver a enfermar.

- Ya basta, no puedo seguir así... Lamentarme no va a servir de nada... -se dijo , buscando refugio bajo un árbol. Oyendo los truenos y cegado por el resplandor de los relámpagos, cerró los ojos y se acurrucó con la cabeza apoyada en las rodillas, temblando de frío y terror.

- Por favor... Merry, Frodo... Venid a buscarme... -decía.

Y entonces volvió a oir una voz lejana. "¡Pippin!", había dicho, y no era la de la bella Dama;<> pensó. Cansado, medio dormido más que despierto, parecía no reaccionar, ya que pensaba que todas las voces venían de su mente. De repente, otras dos voces se unieron a la primera. Y no cesaban de gritar su nombre, "¡Pippin, Pippin!", decían; <> pensó el hobbit. <>

Y entonces despertó por completo, con un doloroso respingo.

- Merry... ¡Es Merry...! -susurró casi sin voz.

Se levantó con las piernas temblorosas, y gritó su nombre con fuerza una sola vez; "¡Merry!", tan brusca y brevemente que apenas resonó. Haciendo caso omiso a la lluvia que le calaba hasta los huesos, se echó a correr, gritando el nombre de su primo, con la voz quebrada por la emoción y la desesperación. Y en medio de un fuerte trueno y bajo el resplandor de un relámpago, la voz le contestó. Muy cerca de allí, cegados por la lluvia y la noche, Merry y sus compañeros lo oyeron, y el joven Brandigamo reía como fuera de sí.

- ¡Es él! ¡Es él, me ha contestado, es su voz, es Pippin!

Y echaron a correr, pisando y salpicando charcos de agua y barro, mientras la lluvia caía y los relámpagos les cegaban, sin parar de llamar al hobbit perdido. Y muy cerca de allí, Pippin corría hacia las voces, medio asfixiado por la carrera y el esfuerzo, y también les llamaba a gritos con toda la fuerza que le permitían sus pulmones.

Y de repente, en un mismo claro, todos se encontraron; habían quedado a escasos centímetros unos de otros, pero ninguno se movía, ni decía nada. Los hobbits se miraban, jadeantes, todos con una expresión de creer que lo que veían no era real. Y fue Sam el que rompió el silencio.

- ¡Señorito Peregrin, gracias al cielo!

Como inmerso en un sueño, con el rostro inexpresivo, Merry se abalanzó sobre Pippin, y los dos cayeron de rodillas. Entonces toda la frustración y la alegría acumuladas salieron con la misma fuerza que el trueno que estalló en ese momento, y cuando le tuvo entre sus brazos y vio que era real, se echó a llorar.

- ¡Pippin, eres tú, estás vivo, por todos los cielos, no puedo creer que sea cierto...! -sollozaba.

Frodo y Sam tambíen se acercaron, superado el aturdimiento, pero no dijeron nada. Pippin estaba como ido y no le devolvía el abrazo, como si no le reconociera, y Merry le soltó dejando las manos en sus hombros esperando que reacionara. El joven Tuk le miraba con los ojos muy abiertos, temblando y resoplando por la carrera y la emoción; y entonces le abrazó con fuerza, sollozando, y luego los abrazó a todos.

- Merry, Frodo... Por fin os encuentro... ¡Tenía tanto miedo de no volver a veros jamás! -dijo, con la voz quebrada por el llanto, y lloró con tanta fuerza que pronto empezó a hipar. Merry esperó a que se calmara, lo cual tardó lo suyo, y entonces cogió el rostro del hobbit entre sus manos, aterido y mojado por la lluvia y las lágrimas. Los dos hobbits sonreían en medio del llanto, mientras Frodo y Sam admiraban la gran amistad que les veían.

- Temí tantas veces que estuvieras muerto... -dijo Merry- Pero estás tan bien... ¡Es como si nunca te hubieras ido! Temía encontrarte malherido, o mucho peor... ¡Pero sigues siendo tú, como si nunca hubieras desaparecido, y me atrevería a decir que estás mejor que nunca! ¡Maldito seas por todo lo que nos has hecho pasar, Tuk tenías que ser! -exclamó riendo, y volvió a abrazarle un momento-.Ya basta de llorar... Todo ha pasado ya, estás a salvo... Y estás temblando de frío... ¿no estarás enfermo?

- Ya no, aunque lo estuve -dijo Pippin-. ¡Pero no hablemos de eso ahora! Me muero por volver... y me temo que tengo mucha hambre.

- ¡Pobre Pippin! Nada has cambiado -río Frodo- ¡Qué cosas increíbles te habrán pasado en estas últimas semanas! Pero aquí estás, y esto es como un milagro para todos nosotros... Hace días que todos perdimos la esperanza, pero perderla no nos servía de nada, y tenerla ha hecho que te encontráramos... No demoremos más el regreso. Pero antes, descansemos antes de que enfermemos todos.

Sam y Merry ayudaron a Pippin a levantarse, y el segundo ayudaba al agotado hobbit a andar.

- Pippin... ¿De dónde has sacado esa capa? -preguntó Merry.

Pippin sonrió, en tanto un brillo muy especial acudía a sus ojos.

- Es una historia muy larga, mi querido Merry... ¡Volvamos! Seguro que toda la Comarca ha dicho maravillas de los Tuk desde que desaparecí...

Y felices y aliviados, los cuatro compañeros marcharon bajo la lluvia, ateridos de frío pero con un fuego ardiendo en sus corazones.

miércoles 17 de septiembre de 2008

... un adelanto

Llevo escribiendo este episodio desde 2004 porque tanto este como el anterior fue una de las primeras ideas, así que espero que ya no se demore mucho más que... digamos uno o dos meses más XDDD

El doctor se levantó de la silla con un pesado suspiro, llevándose las manos a la cabeza y caminando nerviosamente por la habitación, como quien intenta asimilar una terrible noticia. La señora Cluteworth parecía confusa.
― Thomas... ¿Qué pasa?―preguntó, preocupada.
El hombre volvió a acercarse a la silla, pero parecía demasiado conmocionado hasta para sentarse.
― Doctor Parker ―exclamó Holmes de repente―. Por favor...
― Me niego a hablar de eso, joven ―dijo rotundamente, pero la voz le temblaba. Se sentó despacio, con un suspiro cansado, en la silla. De repente parecía rendido.
― Ese individuo con quien chocamos... ―prosiguió el excitado joven― Es sospechoso de haber comenzado el incendio. No fue una casualidad ni un accidente. Intentó matarme. Y no es la primera vez.
― ¿Qué?
― Nosotros nos lo encontramos escaleras abajo, corriendo como si huyera ―añadió Watson―. Y se le cayó esto...
Sacó la caja de cerillas del bolsillo de la chaqueta. El doctor la cogió, extrañado.
― Pero señor Holmes... ¿por qué razón iba alguien a intentar matarle? ―preguntó casi en un susurro; parecía tan alterado como ellos y su frente estaba empapada en un sudor frío.
― Eso me gustaría saber ―respondió el joven mirándole a los ojos―. Pero algo me dice que usted tiene la respuesta.



¿Qué, dientes largos? :P